Una preciosa reflexión que nos invita a pensar.
Existe una tentación silenciosa que puede aparecer incluso en quienes practican con fidelidad la vida cristiana: Instalarse en una aparente seguridad espiritual. Cuando creemos que ya "todo lo estamos haciendo bien", corremos el riesgo de dejar de examinarnos y abrir la puerta a uno de los pecados más difíciles de reconocer: La soberbia disfrazada de humildad.
La falsa humildad puede manifestarse cuando buscamos, aunque sea de manera inconsciente, el reconocimiento de los demás. Aceptamos los elogios para luego rechazarlos exteriormente, esperando que insistan o nos admiren aún más. No es humildad; es una forma sutil de alimentar el ego.
La verdadera humildad no consiste en negar los dones que Dios nos ha concedido, sino en reconocer que todo lo bueno proviene de Él. Como enseña San Pablo: "¿Qué tienes que no hayas recibido?" (1 Corintios 4,7).
Quien es verdaderamente humilde no necesita aparentarlo. Sirve en silencio, acepta las correcciones, agradece los elogios sin vanagloriarse y sabe que cualquier virtud puede perderse si deja de permanecer unido a Cristo.
Hermanos, nunca pensemos que ya hemos vencido definitivamente nuestras pasiones. La vida cristiana es un combate constante. Permanezcamos en la oración, frecuentemos los sacramentos y pidamos al Señor un corazón sencillo, capaz de reconocer sus dones sin apropiarse de ellos y de darle siempre toda la gloria.
Paco Membrilla
Ciao.






