Cuentan que el taller de Bernini en Roma estaba en silencio mientras su cincel golpeaba el mármol...
El escultor no solo buscaba tallar piedra. Quería congelar en el tiempo el milagro más grande de santa Teresa de Jesús: Su Transverberación.
Bernini cerró los ojos e imaginó la escena ocurrida un siglo antes en Ávila. Visualizó al ángel radiante con la flecha de oro encendida en fuego y a la santa cayendo de rodillas.
Recordó las palabras de Teresa: Un dolor tan inmenso que la hacía gemir, unido a una dulzura tan divina que no quería que terminase jamás.
Con extrema delicadeza, el artista transformó el bloque frío en nubes flotantes y telas livianas. Esculpió el rostro de Teresa capturando el instante exacto donde el dolor y el gozo celestial se fundían.
Al dar el último toque, la luz del sol iluminó la obra. Bernini dio un paso atrás, sabiendo que había logrado lo imposible:
Hacer que el mármol tuviera alma para contar eternamente el doloroso gozo de la mística, sellando aquel instante con sus versos más inmortales:
«Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero».
Fermín Negre
Ciao.






