jueves, 3 de septiembre de 2026

Piedra angular

Piedra angular, tierra fértil, nuestro cimiento.

Ese eres Tú.

Roca fuerte que nos protege; en Ti se levantan, seguras, nuestras ilusiones, proyectos, anhelos.

En Ti se gesta nuestro amor.

Suelo firme en el que caminamos, entrelazando los brazos y compartiendo la marcha con otros caminantes, amigos, hermanos; con otros peregrinos, heridos, cansados; con otros testigos, que hablan de Ti.

Piedra viva con la que se construyen casas abiertas, templos humanos de amor y misericordia, bienaventuranzas y milagros cotidianos.

Piedra angular, tierra fértil, nuestro cimiento, Jesús.

José María R. Olaizola, SJ

Ciao.

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Palabra de Vida Septiembre 2026


 «La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 10).

¿Se le puede ordenar a alguien que ame? Si entendemos el amor como un sentimiento, ¡evidentemente es imposible! Pero si más bien lo entendemos como un don de Dios, la cosa cambia.

En la Carta a los Romanos, de la que está tomada la Palabra de vida, Pablo describe precisamente la relación entre Ley y amor, y afirma que el amor es pleno cumplimiento de la Ley. Poco antes nos ha revelado de dónde proviene este amor: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8). Por su parte, la Primera Carta de Juan dice: «En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10).

«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».

Nadie puede dar lo que no tiene. Lo había entendido bien Agustín cuando, dirigiéndose directamente a Dios, pedía: «Da lo que mandas y manda lo que quieras». Hemos recibido el don inestimable del amor de Dios y estamos llamados a no guardárnoslo, sino a ponerlo en circulación. Podemos convertirnos en sujetos en lugar de ser simples destinatarios del amor de Dios: pasar de amados a amantes, y así participar en la vida misma del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: el Amante, el Amado y el Amor.

No tenemos con nadie otra deuda que la del amor mutuo –nos reconforta Pablo–, pues quien ama al otro ha cumplido la Ley (cf. Rm 13, 8).

«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».

«El verdadero amor al prójimo no causa ningún daño –afirma Chiara Lubich–. Es decir, nos lleva a vivir todos los mandamientos de Dios sin exclusión, ya que el primer objetivo que tienen es llevarnos a evitar todas las formas del mal en que podríamos caer, ya sea contra nosotros mismos o contra nuestros hermanos y hermanas».

Así entendidos, los mandamientos de la Ley se convierten en un don del amor de Dios más que en una obligación: no constriñen nuestro amor, sino que lo liberan plenamente.

«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».

Para alcanzar este «pleno cumplimiento», el primer paso en el amar al prójimo es no hacerle daño. Pero además hace falta ser creativos en el amor: «No basta con no hacer daño al prójimo –nos recordaba el papa Francisco–; es necesario elegir hacer el bien aprovechando las ocasiones para dar buen testimonio de que somos discípulos de Jesús».

¿Cómo vivir entonces esta Palabra de Vida? Volvamos a poner el amor en el centro de nuestra vida. Amemos a los demás concretamente, como los amaría Jesús: Él es la plenitud del amor que se dona completamente a Dios y a la humanidad. De Él podemos aprender la alta medida del amor.

«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».

Doris, una chica escocesa, nos cuenta: «En nuestras visitas habituales a un refugio para personas sin hogar, entro en un mundo muy distinto del mío. Sé que lo que cuenta no es tanto lo que siento, sino amar. Un día, un hombre que reflejaba una profunda tristeza me confesó que estaba dispuesto a terminar con todo, que quería incluso morir. Me puse simplemente a escucharlo; luego nos tomamos juntos un bocadillo y un café. Y entendí que escuchar y estar presente era ya un modo de demostrar amor. Cuando llegó el momento de irme, me dio un fuerte abrazo, me sonrió y me dijo que lo que estábamos haciendo era muy importante, no solo para él, sino para todos los que estaban allí. Sentí la fuerza increíble del amor. Quizá no lo haya “salvado”, pero su gratitud me llenó de alegría, y esto, ya de por sí, es muy potente».

Claudio Cianfaglioni y el equipo de la Palabra de Vida

Ciao.


martes, 1 de septiembre de 2026

La poesía a veces es verdad


 Vivo en un mundo de palabras.

En ocasiones es una celda, una prisión infinita, un laberinto enrevesado donde cada término evoca  heridas, batallas perdidas, memorias que duelen, vivencias ajenas, teorías huecas.

Otras veces es trinchera que sobrevuelan, como proyectiles letales, objeciones, agravios, prejuicios, exigencias.

Tiradores anónimos convertidos en héroes de sus propias ficciones traicionan a las palabras convirtiéndolas en ruido.

Hay también versos errados, narraciones inconclusas, cantos sin alma y plegarias extraviadas.

Pero hay ocasiones en que las palabras  son puente, caricia, bendición, promesa, flecha que apunta  al centro mismo de la vida, donde convergen  la verdad de uno, la amistad sincera, y el propio Dios. 

José María Rodríguez Olaizola, SJ

Ciao.

lunes, 31 de agosto de 2026

Las lecciones de la historia


 Lo que nunca debe ser olvidado son las lecciones de la historia, la dignidad de las personas y el valor de los propios seres queridos. Recordar el pasado evita que los errores se repitan.

- Lecciones y Memoria: 

* Los errores del pasado: Las guerras y el odio no deben repetirse.

* Los derechos humanos: La vida y el respeto a todos por igual.

* La identidad: De dónde venimos y quiénes nos ayudaron a llegar aquí.

- Bienestar Personal:

* El amor propio: Cuidar de la salud mental y física de uno mismo.

* La gratitud: Agradecer a quienes están a nuestro lado cada día. 

Cia

domingo, 30 de agosto de 2026

Lo que nunca debe ser olvidado


 “Hay una cosa en este mundo que nunca debe ser olvidada. Si uno olvidara todo lo demás, pero no se olvidara de esta, no habría de qué preocuparse. En cambio, si uno recordara e hiciera todo sin olvidar nada excepto esta, entonces no habría hecho nada. Es igual que si un rey te hubiera enviado a un país a cumplir una determinada misión. Tú vas y realizas cientos de otras tareas, pero si no realizas aquella específica que te encargó el monarca, sería como si no hubieras hecho nada en absoluto. De un modo similar, el hombre ha venido a este mundo para realizar una tarea específica: Conocerse a uno mismo y conocer a Dios. Ese es su propósito. Si no lo realiza es como si no hubiera hecho nada".

Sufismo desde el corazón.

Ciao.

sábado, 29 de agosto de 2026

Me llamaste amigo

Tú me buscabas a mí.

Yo buscaba respuestas.

Te pedí un horizonte, huellas en el mapa, instrucciones claras.

Esperaba plazos, señas, objetivos.

Tenía miedo de no saber, de no poder, de no llegar.

Reclamaba un equipaje que me diera seguridad, una ruta que prometiera llegadas.

Exigía garantías, condiciones tolerables.

Me llamaste amigo.

Y en esa palabra desmontaste agobios, rompiste exigencias, callaste temores.

Tú eras la respuesta, el plazo, la ofrenda.

Tú eras el camino, y la única meta.

Sin más condiciones. 

No dándome nada  de lo que pedía, me lo diste todo.

José María R. Olaizola, SJ

Ciao.

 

viernes, 28 de agosto de 2026

La contemplación ignaciana ante la aceleración digital


 Hoy pasamos mucho tiempo viendo reels, TikToks, shorts, carruseles etc. Donde una imagen sigue a la otra, una historia reemplaza a la anterior, y solo nos detenemos cuando algo logra captar nuestra atención de una manera especialmente ingeniosa. Sin darnos cuenta, esta dinámica se va trasladando a nuestra vida: Queremos pasar rápido por lo cotidiano, por lo que nos aburre, por lo que nos incomoda, por aquello que no parece “interesante”.

Pero cuando solo vemos sin mirar, la vida se nos llena de superficialidad. Vamos acumulando anécdotas, datos, estímulos, pero todo eso vacío de experiencia, muchas cosas pasan por delante nuestro, pero no siempre nos dan vida. La espiritualidad ignaciana propone un modo distinto: Detenerse, contemplar, entrar en la escena, mirar a una persona, Jesús, escucharlo, dejarse afectar por Él. En la contemplación no se trata de consumir algo religioso, sino de ganar amistad con Dios. Esto también pide tiempo, pero tiempo que nos devuelve vida y nos abre a vivirla de manera más real.

En la vida de un jesuita, este modo de mirar acompaña la misión. Un jesuita que contempla a Cristo en el Evangelio después aprende a buscarlo en una escuela, en una comunidad, en una conversación espiritual, en un hospital, en el dolor de los pobres y en las preguntas y búsquedas de los jóvenes. La contemplación no lo encierra en sí mismo: Lo vuelve más disponible para servir allí donde la vida reclama presencia.

Quizás la pregunta no sea solamente cuánto miramos cada día, sino hacia dónde dirigimos nuestra mirada y qué acumula nuestro corazón. ¿Y si Jesús te estuviera invitando a detenerte, a mirarlo más de cerca, y a descubrir con Él una forma nueva de entregar tu vida?

Ciao.