domingo, 5 de abril de 2020

Domingo de Ramos 2020


Hoy comienza la Semana Santa. Que Jesús venga a nuestras vidas y seamos valientes para acompañarlo durante estos días de recogimiento y oración que comienzan en su Pasión y Muerte a lo largo de esta semana.
¡Feliz y Santa Semana!

Ciao.

sábado, 4 de abril de 2020

Y la palabra sacrificio cobró un sentido nuevo


Un nuevo sentido para una palabra necesaria. Así lo cuenta Daniel Cuesta Gómez hoy en nuestra entrada de Pastoral SJ

Siempre que llega la Cuaresma se nos plantea el debate sobre el sacrificio. Pensamos ¿Para qué quitarnos de algo si nada más que va a servir para que suframos un poquito? ¿Qué sentido tiene sufrir, si no redunda en bien del prójimo? 
Y es que han quedado lejos aquellas concepciones de otras épocas en las que parecía que cuanto más se sufriera, más se agradaba a Dios o más beneficios se lograban para los demás. Fruto de todo ello, la palabra sacrificio había quedado devaluada, ya sea por exceso, o por defecto. La conservábamos, es cierto, en nuestro haber religioso, pero, sinceramente, tampoco acabábamos de saber qué hacer con ella.
Pero, de pronto, la desgracia de la pandemia del coronavirus que estamos sufriendo, hizo que todo cambiara. Porque entendimos que nuestros pequeños o grandes sacrificios tenían un valor.
Ya que entendimos que el fastidio de quedarnos en casa sin salir, era beneficioso y podía salvar vidas.
Que el arriesgarse diariamente, como hacen los sanitarios en los hospitales, tiene un sentido muy grande para aquellas familias que ven volver a sus enfermos a casa después de haber estado ingresados unos días.
Que el trabajo callado y silencioso de todos los que siguen haciendo que el país pueda seguir caminando mínimamente, ayuda a muchas personas.
Que las pérdidas de dinero que le suponen a muchas personas los actos solidarios y empáticos por los demás, valen más que los beneficios que muchas veces buscamos.
Al unir todo ello en la oración, entendimos que nuestros pequeños o grandes sacrificios dan esperanza, llevan consuelo, hacen que se pueda seguir viviendo e incluso puede llegar a salvar vidas.
Supimos que todos estos sacrificios, se unen misteriosa y profundamente a aquel que un día hizo Cristo al ofrecerse por todos de una vez para siempre en la Cruz.
Entonces la Cuaresma empezó a tomar un sentido nuevo, y sin darnos cuenta comenzamos a prepararnos para vivir la Semana Santa.

Dani Cuesta, SJ

Ciao.

viernes, 3 de abril de 2020

El amor en los tiempos del coronavirus


Gracias a Elisa Orbañanos que nos recuerda que el amor no desaparece en esta adversidad de ahora (al revés, quizás).

En tiempos de incertidumbre, cuando nos encontramos frente a frente con el dolor, lo desconocido y la falta de respuestas, el instinto nos repliega.
El miedo nos paraliza, no nos deja ver la luz al final del túnel y muchas veces, de forma natural, respondemos con egoísmo, negando, rechazando o queriendo solamente volver a nuestras seguridades.
Por suerte, en otras muchas ocasiones, nos sobreponemos y nos agarramos a la esperanza, reaccionando con creatividad y agradecimiento. Y en estos días, son muchas las muestras y muchos más los gestos que agradecer a tantos y tantas.
Hay vecinas ejemplares, artistas en los balcones, personal entregado al servicio público e historias heroicas. Hay plataformas de voluntariado a las que recurrir y desde las que ponernos a disposición.
Pero cuando aterrizamos en lo ordinario, en lo duro del confinamiento, las soledades, las distancias, los silencios, las oscuridades, los miedos... Cuando no hablamos de cifras, sino de nombres y rostros, de nosotros. Ahí es donde nos toca reinventar las formas de sanar, las maneras de estar juntos.
Ahí es cuando es más necesario, como reza la oración, «encontrar a Dios». En definitiva: Amar.
El amor en los tiempos del coronavirus pasa, primero, por renunciar. Por quedarse en casa para proteger al otro. Y el amor en casa es el de las pequeñas cosas: Es leer por enésima vez ese cuento, es preparar su plato preferido, es bailar esa canción, es compartir tareas, es cumplir honradamente, aunque no me vean y avanzar ese trabajo que te mata de pereza, pero sabes que va a aligerar el trabajo de tus compañeros.
Amar entre cuatro paredes es también amarse a uno mismo, que a veces nos perdemos de vista. Parar y mirarnos por dentro, además de por fuera. Es permitirnos llorar y tener miedo, pero también reír. Es dedicar tiempo a ese dolor enquistado, a ese perdón. Es recuperar esa pasión dejada de lado, ponernos con aquel libro que nunca tuvimos tiempo de leer. Es repensar, revisar, desafiarnos y agradecernos.
Pero amar en estos tiempos inciertos es, sobre todo, ser valiente. Que eso no supone –solamente- dejarlo todo y salir corriendo detrás de nuestro sueño. Porque el amor profundo, visceral, radical, no es el de las películas, sino el de la entrega.
Dejarse tocar por Dios y amar, AMAR en mayúsculas, en medio del temor, es tener el coraje de sacar esa conversación. Es levantar el teléfono y hacer esa llamada pendiente. Es asumir debilidades, reconocer sentimientos y aprovechar la intemperie para arriesgar. Es tomar decisiones. Es empezar, retomar, redescubrir y redescubrirse ante Dios.
Es atreverse a propagar el Evangelio –la reconciliación, el perdón, el encuentro, la alegría y la esperanza–, como forma de luchar contra el virus del miedo.

Elisa Orbañanos

Ciao.

jueves, 2 de abril de 2020

Volver a ser un niño



Una mirada adelante, una anticipación. ¿Será que podemos volver a hacernos como niños? ¿Será que al final de esta cuarentena nos espera una nueva inocencia? Una reflexión de Luis Hernanz

Estamos afrontando acontecimientos excepcionales que están trayendo, para muchos, consecuencias personales trágicas y penosas. Y este tiempo de dolor e incertidumbre coincide con el tiempo de Cuaresma. Un momento litúrgico de conversión, para prepararnos para la gran fiesta de la Pascua.
Cuarenta días para caminar con nuestra cruz, sabiendo que la alegría nos espera al final del camino. Por eso, aun con todo lo que estamos pasando –que ya es mucho–, debemos ser capaces de encontrar un pequeño hueco en nuestro día a día para levantar la cabeza, recuperar la mirada y poner a nuestro corazón en perspectiva. Ponerse a punto para 'lo nuevo' que está por llegar.
El día D, el día en el que podamos retomar nuestra rutina, está hoy más cerca que ayer. Compartir una cerveza con nuestros amigos, dar un simple paseo por la calle, ir a un concierto o salir a cenar, ir a una pastelería, salir de compras o bañarte en el mar.
Todo eso a lo que hoy le damos mucho más valor que el que le dábamos hace apenas diez días.
Y es que, aún no somos conscientes, pero todo aquello que hagamos 'por primera vez' cuando salgamos del encerramiento será emocionante. Lo viviremos de forma diferente, como una nueva sensación. Algo genuino. Hasta incluso inocente. Coger el tren a casa con la ilusión que tenemos cuando vamos en Navidad, volver a la oficina como si fuera el primer día de cole tras las vacaciones de verano, celebrar los cumpleaños no celebrados...
Y en todo eso estará Él, que todo lo transforma y todo lo convierte. El Dios infinito que nos brinda otra oportunidad para empezar de cero. Para amar con pasión, para caminar dejando huella o para compartir con consciencia. Pero, sobre todo, para exponernos ante el mundo y ante Él con otra mirada. La de un niño.
Este es el poder transformador de Dios en nuestras vidas.
Sentir nuestra vida como si todo ocurriera por primera vez. Será, al fin y al cabo, como volver a ser un niño. Y hoy estamos un poco más cerca de esta 'nueva vida', de la luz, de la alegría. Más cerca de un Cristo Resucitado.

Luis Hernanz

Ciao.

De péndulos


¿Quizás este frenazo suponga que el péndulo cambie su sentido en algunas inercias que nos estaban conduciendo a donde no debíamos? Una reflexión de Elena Lopez Cabrero.

Muchas veces me he preguntado cómo podría darse eso que mucha gente ha predicho de que «el péndulo» va y también vuelve, eso de que algún día llegaría el momento de que él solo alcanzase ese punto de inflexión y retorno.
Y sigo esperando una respuesta, pero no una respuesta basada en las leyes de la física, que ya sé que un péndulo simple va y viene, para volver a empezar otra vez. He escuchado que esto ocurre en la historia, en el planeta y en las personas.
Sin embargo me he hartado de ver cómo algunas personas han tenido siempre el péndulo en el extremo del dolor, de la mala suerte, del sufrimiento y de la pérdida más absoluta de todo.
También me cansa hoy en día ver cómo el planeta se pierde, se reduce a una cosa de la que aprovecharse y a una Tierra que no valoramos y que ya no tiene muchas fuerzas. Hasta ahora, todo pesimismo.
Y por sorpresa, sin previo aviso, desde hace un par de semanas me ronda la imagen de un péndulo gigante que en su punto más alejado empieza a volver, es decir cambia radicalmente de sentido y se acerca de nuevo lentamente a su posición de equilibrio.
Probablemente por mi desconocimiento, nunca me habría imaginado que un virus pudiese poner al planeta patas arriba y en tal situación de tensión, de parón, de lucha y de impotencia.
Aunque también y puede que sorprendentemente, de sentido, de cierta justicia, de unidad y de otro tipo de encuentros.
En los últimos días se ha estado hablando y escribiendo mucho de esto y puede que todos en algún momento nos hayamos parado por unos segundos, por unos minutos o incluso por más tiempo a reflexionarlo.
Puede que hayamos tomado un poco de conciencia de cómo hay vasos que se llenan cuando menos lo esperamos y de cómo la vida tiene sus mecanismos de cambio y de conseguir hacer tambalear las grandes estructuras a las que nadie se atreve a toser.
Es como cuando de niños pasábamos de golpe de la carcajada al llanto para, en unos segundos, volver a reír con fuerza. Me recuerda a esto porque, a pesar de los modelos y predicciones, hay una multitud de aspectos tremendamente impredecibles e importantes para tantos millones de personas que cambian cada día, a veces con cierto albedrío.
Pero este sentimiento de fragilidad, este sentir que nos movemos caminando sobre una cuerda no debe bloquearnos ni desesperarnos, sino ser energía para dar un paso más. No parece sencillo aunque sea muy cristiano.
Por eso es tiempo de esperanza. La esperanza tiene mucho de inquietud, de falta de seguridad y de parar el ritmo de los pies para dejar paso al corazón. 
Es tiempo de soñar, sin dejar de vivir el presente con sus circunstancias. Soñemos que los tiempos de la duda y la limitación pasarán, busquemos nuevos caminos sabiendo que los que estamos recorriendo dejan nuestro corazón más libre de capas y condicionamientos, y más cercano al Dios de la Vida.
Me parece estar viviendo un Cuaresvento, mitad Cuaresma y mitad Adviento. No me crea ningún conflicto, siempre hemos dicho que la cuna y la cruz de Jesús están estrechamente ligadas y entre ellas más cerca de lo que creemos.
En esta ocasión Dios acompaña, al mismo tiempo, como en la propia vida, el renacimiento y la muerte, la novedad y la verdad profunda de lo que somos.
Ánimo y buen tiempo de espera, quizá tú también te preguntes si ese péndulo existe y en qué posición está ahora mismo.

Elena López

Ciao.

miércoles, 1 de abril de 2020

La ilusión de estos días


¿Cabe pensar que estos días tengan algo de comienzo? ¿Cabe pensar que más allá, cuando salgamos de la rutina de ahora, vuelva una calma reconquistada y diferente? 
Así lo planteaba Alvaro Zapata SJ hace unos días. Y aunque el panorama actual es desolador, quizás ahora, más que nunca, necesitamos la esperanza...

Esta crisis para muchos comenzó con una cascada de cancelaciones y huecos en blanco que han ido floreciendo en la agenda.
Tuvo un punto de locura la semana previa a la cuarentena, pero lo cierto es que también, antes de ser plenamente conscientes de la gravedad de lo que se nos venía encima, hubo cierto alivio. Compromisos que no nos apetecían mucho, actividades que manteníamos por inercia, romper con ciertas rutinas...
Y la segunda fase vino nada más empezar la cuarentena. Una nueva cascada de cosas por hacer, nuevos modos de hacerse presente en una cotidianidad que había quedado entre paréntesis: Teletrabajo, voluntariados a distancia, videollamadas, y toda una serie de momentos compartidos balcón a balcón.
No tardaron en correr los memes que nos reflejaban en la hiperactividad del momento, en los que proclamábamos nuestro derecho a aburrirnos e hibernar un poco.
El imprevisto parón nos condujo a un impulso para llenar esos huecos en blanco, con ganas, con una energía que hacía tiempo no notábamos, quizás, en nuestro quehacer diario.
Nos enfrentábamos a la posibilidad de crear cosas nuevas, modos distintos de estar cerca, nuevas actividades... Esos huecos en blanco fueron de repente espacio germinante, tierra fecunda en la que están cabiendo centenares de iniciativas pastorales y solidarias, dejando atrás perezas e inercias.
Desde oraciones vía Instagram de la mano de #EncasaconDios o conventos de clausura que se han puesto a coser mascarillas a jóvenes que se arremangan para llevar la compra a sus vecinos mayores, o voluntarios del teléfono de la esperanza que montan la centralita en casa.
Todo tiene un aire nuevo, una ilusión de recién estrenado, una especie de olor a septiembre, en el que nos hemos saltado las planificaciones y las programaciones para saltar directamente a la pista. Confiados en que nos mueve el bien común y que cualquier fallo lo podremos ir advirtiendo y corrigiendo por el mismo camino.
Nuestra vida ya no era la misma, ya no lo es, porque nuestro quehacer diario ya no lo es. Y ahora, empieza, quizás, a brotar un nuevo sentimiento: Esto merece la pena. 
De algún modo, recordamos aquel chiste recurrente, cuando la pandemia era algo que solo veíamos en las noticias: «Te puedes lavar las manos, aunque no haya una pandemia». 
Nos decimos: Esto lo podemos seguir haciendo, incluso si no hay una pandemia. Podemos continuar en este impulso renovador. Incluso debemos, me atrevo a decir.
Está lejos todavía, parece, la fase en que daremos continuidad a lo empezado estos días, pero no la perdamos de vista. No caminemos desde la provisionalidad, sino desde el sentimiento de que estamos haciendo nuevas las cosas, estamos construyendo y poniendo los cimientos de un nuevo modo de vivir en sociedad que todavía desconocemos en sus detalles, pero al que ya estamos dando forma.

Álvaro Zapata, SJ

Ciao.

martes, 31 de marzo de 2020

Las «otras» redes sociales



Hoy Luis Delgado SJ reflexiona sobre el nuevo sentido que está adquiriendo en estos tiempos el hablar de "redes sociales", redes humanas de cuidado y presencia, aún en la distancia...

Normalmente, si hablamos de 'redes sociales' entendemos que nos referimos a las aplicaciones como Twitter, Instagram o Facebook. Pero más allá de eso es un concepto que se refiere al conjunto de personas con las que interactuamos: La familia, los compañeros de trabajo, la gente con la que compartimos clase, o incluso toda la ciudad en la que vivimos. 
Es evidente que interaccionamos a distintos niveles en cada una de ellas, pero con toda la gente de cada uno de estos grupos hay algún tipo de interacción.
Las personas con las que estamos de algún modo relacionados forman nuestras redes sociales.
En las redes sociales digitales se transmiten memes o vídeos populares a una velocidad tremenda. Hacen gracia o muestran algo impresionante, gustan mucho, se comparten y por eso se extienden tan rápidamente que los llamamos virales. De un modo no muy diferente ocurre con las noticias familiares. Cuando hay una boda o un embarazo, los directamente implicados deben cuidar mucho para ser ellos quienes den la noticia, porque es fácil que se extienda y al final la gente se entera por terceras personas. Es natural querer compartir una buena noticia.
La cuarentena que nos toca vivir busca cortar en lo posible el contacto físico en esas relaciones porque nos encontramos ante una realidad que se transmite muy fácilmente de persona a persona, y no solo con la cercanía directa, sino a través de superficies de contacto común. Y pasamos a mantener el contacto con nuestras redes sociales a través de medios digitales.
Y empezamos a descubrir nuevas maneras de comunicarnos con algunos, modos que antes no usábamos con esas personas. Hay con quien antes hablábamos por teléfono, pero con quien quizá nunca usamos una webcam, y es la forma que hemos encontrado ahora de fortalecer esa relación.
En otros casos retomamos una comunicación que estaba adormecida, quizá tímidamente con sólo un «¿Qué tal?» por WhatsApp, o llamando a alguien con quien no hablábamos tan frecuentemente. A veces preguntando a la otra persona por eso de lo que no suele hablar pero que está deseando compartir. Otra forma de reanimar una relación que estaba latente.
Tomar conciencia de estos pequeños gestos nos da una gran luz en esta situación en la que muchos ven oscuridad. Dios nos sigue hablando a través de nuestras distintas redes sociales. Por supuesto en las que nos hacen compañía física y de las que tenemos la oportunidad de cuidar más directamente, pero también en aquellas que en la distancia nos invita a fortalecer.

Luis Delgado, SJ

Ciao.