martes, 16 de octubre de 2018

Estar de vuelta sin haber ido



Una reflexión de José María Rodríguez Olaizola sobre la religión y los jóvenes...

Hay montones de jóvenes que pasan de religión. Hoy en día, al menos en España, parece que para muchos es incompatible ser creyente y sobre todo practicante con ser normal.
“¿Que aún vas a misa? Ufff, qué colgado”.
“¿Que estás en algún tipo de grupo para formarte en cosas de fe? Ufff, esto es grave, estás en la secta, te han lavado el cerebro”.
“¿Que crees en Dios? Qué antiguo (o qué bobo)” .
“¿Que cómo puedes pertenecer a esa Iglesia?” (normalmente en el esa Iglesia va una simplificación y una caricatura que poco tiene que ver con la complejidad, riqueza y hondura de la iglesia real y sus gentes).

Es curioso, porque en estas latitudes, y en muchos asuntos, hay una tolerancia políticamente correcta –y digo yo que está francamente bien respetar la diversidad de actitudes, orientaciones, sensibilidades, opiniones, etc.- pero luego parece igualmente correcto ser tremendamente intolerante con las creencias del personal.
A mí me deja a veces alucinado cómo la gente se mete con otros –incluso amigos, cercanos, etc- por sus creencias.
Me duele que a menudo se parte de estereotipos gastados –que, en general, lo que muestran es bastante desconocimiento de lo que de verdad está en juego cuando hablamos de fe.
A menudo te encuentras jóvenes que parecen prematuramente desengañados de todo, escépticos sin motivo, rendidos sin guerra.
El caso es que esto a veces me cuestiona, otras me entristece y otras me provoca.  Me cuestiona, porque hay que reconocer, con un poco de autocrítica, los muchos errores que ha habido -y hay- a la hora de transmitir la fe.
Me entristece, porque me doy cuenta de que bastantes veces las personas que pasan de religión tienen una visión poco reflexionada, y está fundada en prejuicios, simplificaciones y estereotipos, antes que en preguntas, búsquedas y opciones serias.
Me provoca, porque es un reto ayudar a las personas a abrirse, ¿Cómo ayudar a la gente a darse cuenta de que la religión en realidad tiene que ver con lo más hondo, lo más auténtico, lo más profundo que se pone en juego en nuestras vidas: El amor, la alegría, la soledad, el propio lugar en el mundo, el sufrimiento, la muerte, el encuentro entre las personas, la libertad, el riesgo, el tiempo y Dios…?

¿Cómo ayudar a la gente a adentrarse por el camino de la duda, la búsqueda y la fe, cuando a menudo la actitud es la de quien está de vuelta sin haber ido?

José María Rodriguez Olaizola, SJ

Ciao.

lunes, 15 de octubre de 2018

Sal de la queja


Una de las ocupaciones favoritas del ego es que quejarse de otras personas, es muy satisfactorio, porque mientras más me quejo de alguien, mejor me siento conmigo mismo y más creo estar en lo correcto.
El mundo está lleno de gente que te da muchas oportunidades para quejarte.
Nunca te faltará gente de la cual quejarte y la vida te hace eso, no para molestarte, sino para hacerte más consciente de tus realidades.

Ciao.

domingo, 14 de octubre de 2018

10 Maneras de decir que Dios existe sin decirlo (especial para quien tiene amigos ateos)



Quienes hacemos algún tipo de apostolado estamos acostumbrados a rebuscar la presencia de Dios para poder explicarla de la forma más fácil y comprensible que podamos, y que el más sencillo de nuestros interlocutores pueda comprender algo tan grande.
Nos rompemos la cabeza intentando comprender las 5 vías de la existencia de Dios, nos quemamos los ojos leyendo y tratando de traducir los documentos que el magisterio nos ofrece, nos colgamos de frases de Santos y Papas; incluso algunos más arriesgados, apelan a la creatividad y se proponen ideas menos convencionales (pero no por eso menos efectivas) como mostrar vídeos, preparar presentaciones de Power Point o visitar Catholic Link a diario para ver qué nuevo recurso podrán utilizar en mi grupo de catequesis.
Dios nos hace el asunto mucho más sencillo de lo que nosotros estamos acostumbrados. Él se ha hecho hombre, ha pasado por las mismas experiencias humanas y cotidianas que todos nosotros como el hambre, el frío, el sueño o el dolor de pies; por lo tanto toda la experiencia humana habla de Dios, todo está lleno de Él, porque Dios mismo experimentó todas estas cosas, convirtiéndolas en experiencias divinas.
Te proponemos algunas ideas, para que vayas dándote cuenta que Dios ha estado ahí, pasando desapercibido quizás, pero muy presente y atento. Estamos seguros que tu has experimentado la existencia de Dios en tu vida y que es así como puedes comprender y explicar su presencia real.

1. La primera vez que fuiste padre o madre:
Es difícil explicar la sensación de dar vida. Dios es quien da la vida, pero en su infinito amor nos permite ser co-creadores junto a Él y colaborar en su plan. Tener en tus brazos algo tan tuyo, pero al mismo tiempo, tan producto de la voluntad y el querer de Dios, es sin duda una experiencia espiritual.

2. Cuando te sorprendes con la inmensidad del cielo:
Descubrir que lo que podemos ver y comprender es diminuto, que todo está en las manos de alguien mayor que tú. Nada puedes hacer para cambiar el color del cielo, las formas de las nubes o la luz que llega a tu ventana. Y eso es solo lo que tus ojos alcanzan a ver, ¡Cuánto más hay en la creación que no somos capaces de ver ni de comprender!

3. Cuando te descubres contemplando tus manos:
Perfectas pero imperfectas. Diseñadas tan hábilmente, de forma tan delicada pero a la vez tan firmes. Mirar como el camino y los quehaceres las han ido modificando, pero al mismo tiempo siguen siendo las mismas: esas que Dios pensó y diseñó para mi.

4. Al notar que has tenido una larga conversación contigo mismo:
No somos pedazos de carne que forman parte de una maquinaria. Hay algo dentro nuestro que aspira a lo alto, que busca lo mejor, que aún si saberlo, anhela a Dios. Descubrirte conversar contigo mismo, planificando, confrontándote, resolviendo cosas importantes. No eres producto de una casualidad, el ser tan complejos y tan completos, es voluntad y producto de la inmensa creatividad de Dios.

5. Ese día que inexplicablemente tu corazón está en paz:
Hay razones externas como la tranquilidad económica, la salud física, la estabilidad familiar entre muchas otras; pero cuando a pesar de que alguna de esas cosas no anda del todo bien, igualmente en tu corazón hay una paz que no puedes justificar desde los hechos, es como si alguien la hubiera puesto ahí.

6. Cuando te sientes amado:
No es solo una cosa de aceptación y autoestima, es más grande que eso. Es que sentirse amado es sentirse digno, es comprender que hay valor en mi y aunque el amor humano es limitado y lleno de flaquezas, este amor es una luz de cómo es el amor de Dios, y nos da pistas sobre cómo es el sentirse amado por Él .

7. Cuando lo que el hombre ha construido te sorprende:
Es como si aún quedaran algunos suspiros de ese aliento inicial que formó todo en la creación. Estamos tan acostumbrados a la inteligencia humana y que esta resuelva nuestros problemas cotidianos, que no nos damos cuenta que basta con dar dos pasos para atrás para contemplar y dejarnos asombrar por lo que el hombre ha hecho, por cómo Dios nos ha regalado la inteligencia para poder colaborar con su perfección y hacer cosas tan increíbles como los rascacielos y tan sencillas como una cuchara.

8. Cuando quien menos lo esperas, tiene fe:
Es común hacer algún tipo de juicio sin querer sobre la fe y la vida espiritual de las personas; incluso es común diagnosticar a algunos como “casos perdidos”, pues sabemos que en su escala de valores, la experiencia de fe no entra. Pero cuando vemos a alguno de esos “alejados” mostrar una pequeña luz de fe, nuestros corazones se inflaman y la esperanza vuelve a nacer. Cuando les vemos persignarse, hablar de Dios, compartir mensajes o frases relacionadas con Dios y lo espiritual, e incluso cuando te piden oraciones, nuestros corazones se llenan de Dios y comprendemos que Él está, incluso en aquellos que menos esperamos que esté.

9. Cuando luego de dar la pelea y rendirte, las cosas comienzan a funcionar bien:
Pareciera que Dios está esperando a que lleguemos a nuestro límite y cuando ya no podemos hacer nada más nosotros, comienza a actuar Él. Es probable que te haya ocurrido que las puertas cerradas delante de ti, inexplicablemente comienzan a abrirse y esa situación que casi no tenia arreglo, de un momento a otro se restaura y comienza a funcionar.

10. Al acompañar a un ser querido en sus últimos momentos de vida:
Es doloroso, pero desde la fe, es esperanzador y reconfortante acompañar a alguien a quien amas y que este se vaya al encuentro con Dios teniendo paz en su corazón. Quienes han acompañado a sus seres queridos en sus últimos momentos de vida sabrán reconocer lo fuerte de la experiencia, pero también sabrán reconocer la inmensa paz y consuelo que experimentan los corazones, al saber que el ser amado es recibido por el Creador de vuelta en casa.

Sebastian Campos

Ciao.

sábado, 13 de octubre de 2018

"Recordar"


Generalmente, nos ponemos nerviosos cuando olvidamos donde hemos dejado una cosa y, consecuentemente, debemos dedicar mucho tiempo a buscarla sin parar.
Por ello, es importante que muchas veces escribamos y anotemos las cosas importantes que no queremos cancelar de nuestra memoria.
Pero recordar es mucho más que tener presente una imagen en nuestra mente que nos ayuda a encontrar las cosas perdidas. Este verbo nos dice que es volver a pasar por el corazón lo que nos ha ocurrido.
De este modo, entran en juego los afectos y los sentimientos que dan color a nuestra vida.
San Ignacio de Loyola nos invita en los Ejercicios Espirituales a traer a la memoria los bienes recibidos [234]; así, podemos vivir agradecidamente, encontrando lo bueno que ha sido Dios con nosotros en nuestra vida.
Seguramente, lo encontraremos en cosas pequeñas que si no estamos atentos pueden pasar desapercibidas, pues, Dios siempre se da a los sencillos [Mt 11, 26].
Por ello, es importane que anotemos, escribamos y de algún modo inmortalicemos lo que que el Señor hace con nosotros día a día.
De este modo, podremos vivir como hijos agradecidos de un Padre que nos ama intensamente.

Espiritualidad Ignaciana

Ciao.

viernes, 12 de octubre de 2018

Dios no juega con nosotros



Ante la realidad del mal, ¿Dónde queda Dios? Una interesante propuesta de Quique Gómez-Puig SJ

Creo que todos tenemos experiencia, propia o ajena, de encontrarnos en algún momento de la vida con el dolor, el sufrimiento, la culpa… El mal.
La muerte de un familiar, una enfermedad que trunca la vida, una traición, un engaño, un desencuentro o, quizá, la incomprensión de los miles de muertos por hambre en el mundo, las guerras o las catástrofes naturales.
Mal que nos afecta, que padecemos, o mal que hacemos. Y surge la pregunta: ¿Es Dios pasivo ante nuestro dolor? ¿Por qué lo permite? ¿Me lo manda Él? ¿Acaso existe un Dios así? 
Preguntas que surgen de la propia fuerza del sufrimiento y la angustia. Y no es raro encontrar gente que ha dejado de creer, a veces con profunda amargura, porque no ha encontrando una respuesta coherente a estas preguntas.
Y es cierto que se han dado algunas respuestas que no convencen; «Dios te ha castigado», «Dios te ha mandado tal o cual prueba» o «Dios se ha llevado a tu ser querido para que esté ya con Él» nos presentan un Dios que no es todo lo bondadoso que cabría esperar.
O quizá, un Dios que es impotente ante tanto sufrimiento humano. Y de ahí, la decepción y el abandono de la fe.
Me parece, sin embargo, que hemos de partir de la propia realidad y no dejarnos engañar por los espejismos de nuestros deseos o nuestra imaginación.
Esos deseos, acaso proyección de ilusiones infantiles, que nos dicen que es posible un mundo sin mal.
Asumir la vida significa también asumir que el mundo tiene su imperfección y, por ello, carencia y fallo, choque y conflicto, insatisfacción y dolor.
Asumir la vida significa asumir que no somos Dios, y por ello, que hay limitación en nosotros y en nuestro entorno. Así, el mundo, la vida, es buena, pero no perfecta. Y por ello, podemos decir que el sufrimiento no es un juego de Dios.
¿Es el mal lo que tiene la última palabra en la vida? Quiero centrar ahí la pregunta. Y es ahí donde entra la fe.
Cuando llega el dolor, la fe no evita la oscuridad. Hay que dejar espacio para la lamentación y el duelo. Con Job podemos quejarnos y decir «¡maldito el día en que nací!» Y abrirnos a la oración de Jesús en el huerto «que pase de mí este trago». Y es desde esa mirada a Jesús desde donde podemos descubrir un Dios que no nos abandona, aunque no siempre lo veamos.
Un Dios que es el primero en comprender nuestro sufrimiento, porque pasó por él. Un Dios que se coloca a nuestro lado contra el dolor, ayudándonos a soportarlo. Fue él, quien luchó contra todo tipo de opresión, injusticia y mal.
A través de él, descubrimos que Dios se identifica con el sufrimiento de todos los humillados y ofendidos. Y esto engancha con lo fundamentalmente humano; el impulso radical que llama a todos a luchar contra los destrozos del mal.
Creo que desde la Cruz-Resurrección de Jesús se puede recuperar la confianza y la esperanza. Y con ello, no ceder ante la gran fuerza del sufrimiento. Y desde ahí, tener la certeza, a pesar de todo, de que el mal no tiene más fuerza que la vida, la bondad y el amor.

Quique Gómez-Puig, SJ

Ciao.

jueves, 11 de octubre de 2018

Los motivos



Es increíble la fuerza que pueden tener los motivos cuando estos nacen de un deseo real del corazón y mueven hacia una plenitud en la vida.
Los motivos son el "a dónde voy y a qué" último. Son el camino anterior a la línea de salida y el horizonte más allá de la llegada de cualquier empresa. Por eso es importante, primero, tenerlos y cada tanto, recordarlos.
Si uno tiene claro los motivos, las circunstancias inmediatas, sean las que sean, quedan en segundo plano. Y también nos defienden de dos tentaciones: Que los fracasos tengan la última palabra en nuestro camino, y que nos desanimemos por algo que salió mal; y por otro, que el éxito en pequeñas metas acabe siendo el fin de nuestro camino y nos quedemos ahí sin ir más allá.
Hoy te invito a mirar tu vida y preguntarte ¿Cuáles son tus motivos?

Ciao.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Palabras y más palabras



¿Y si el amor lo ponemos más en las obras que en las palabras? Nos lo decía Ignacio de Loyola. Nos lo recuerda, hoy, Javier Montes SJ...

A veces tengo la sensación de que nos saturan las palabras: En las clases, en la televisión, en los periódicos, en las liturgias, en internet… Y dice San Ignacio que el amor ha de ponerse más en las obras que en las palabras. Y es verdad, pero poner el amor en las obras no impide ponerlo en palabras, aunque eso nos compromete a cuidar la calidad de las palabras.

Y es que hay palabras que aunque no son necesarias tienen una fuerza enorme. Como cuando tu amiga te dice que la conversación de esta mañana le ayudó mucho más de los que sospechabas y no te queda otra que darle un abrazo; cuando el cliente al irse te da las gracias por haberlo tratado con amabilidad y te deja con esa sonrisa medio boba en la boca; cuando tu hijo te dice que te quiere o que la comida está muy rica y se te encoge el corazón; o esa alumna que te ha dado tantos quebraderos de cabeza durante todo el curso te dice que eres la mejor profe que ha tenido y se te humedecen los ojos; o esa vecina mayor que te dice que está más tranquila sabiendo que puede llamarte en cualquier momento.
Como nos indica San Ignacio podemos poner mucho amor en las obras, y también empapar nuestras palabras de ese mismo amor, porque en las palabras nos decimos y en las obras nos realizamos.

Javi Montes, SJ

Ciao.