domingo, 26 de enero de 2020

Para reflexionar


¿Eres cristiano? ¿Eres creyente? ¿Te consideras parte de la Iglesia? ¿Perteneces incluso a una cofradía que procesiona las imágenes de Cristo y la Virgen María, venerando así el carácter célibe y virginal de uno y otra? ¿Has conocido el amor de Dios que es puro e invita a la pureza de corazón?
Entonces, no lo entiendo. ¿Por qué apoyas las medidas educativas invasivas del nuevo gobierno social-comunista de España? ¿Por qué estás de acuerdo en que a los niños les enseñen en los colegios una moral sexual que va en contra de las virtudes que enseña la Iglesia a la luz de la Palabra de Dios, la virginidad entre otras? ¿Te parece bien que a nuestros hijos les enseñen a masturbarse a temprana edad, y que les animen a probar relaciones con chicos y chicas para reconocer qué es lo que más les gusta? ¿Estás satisfecho con que se invada la libertad de conciencia de cada familia, que se basa en el respeto y el cuidado mutuo de sus seres queridos, sin olvidar que es una medida en contra de la Constitución Española?
Si te reconoces cristiano, creyente y seguidor de Jesucristo, y estás aplaudiendo este modelo educativo, reflexiona. Tienes un cacao en la cabeza y en el corazón bastante grave. Estás cayendo en el postureo más vomitivo, que además peca contra el Amor de Dios.

Jesús Cabello

Ciao

sábado, 25 de enero de 2020

Jugando al ping-pong con la educación


Por más cierto que sea lo que dice Daniel Cuesta Gómez en este artículo, parece que es más entretenido seguir jugando... Y así nos irá en el futuro.

En los últimos días estamos viviendo en España un acalorado debate en torno a la educación. Todos hemos oído hablar de temas como la libertad de los padres para escoger el tipo de educación de sus hijos. Hemos podido escuchar argumentos que defienden acaloradamente de quien es verdaderamente la propiedad de los hijos (de un lado y de otro).
Hemos visto plantear la salida de la religión católica de la escuela, y también la posibilidad de que los padres autoricen o no todas aquellas actividades que crean convenientes y formativas para sus hijos.

Viendo todo esto, no puedo evitar imaginarme un rótulo como esos que salen en series y películas que dice «mientras tanto en las aulas…». 
Y es que, mientras en el Congreso se habla acaloradamente, la realidad es que el sistema educativo español sigue estando lleno de debilidades y desigualdades (por mucho que los informes y premios traten de convencernos de lo contrario).
Profesores estresados y agobiados por tener que llevar a cabo un excesivo trabajo burocrático que hace que no puedan dedicar el tiempo que quisieran a la preparación de sus clase y a la corrección.
Alumnos desmotivados, blanditos o desbocados que, refugiándose en un discurso que escuchan en los medios, en realidad defienden la ley del mínimo esfuerzo (la de la adolescencia de toda la vida). 
Padres cristianos que querrían proporcionar una educación católica a sus hijos pero no pueden porque el colegio religioso en el que ellos estudiaron no les corresponde por zona. 
Padres ateos que eligen colegios cristianos para sus hijos, porque les gusta la preparación que se les da, pero que proponen una especie de 'pin religioso' por el que no autorizan a que sus hijos vayan a misas y actividades de pastoral dentro del horario escolar…

Y es que urge más que nunca una reforma educativa y pedagógica que verdaderamente garantice la libertad y la igualdad de oportunidades para todos. Pero, como sabemos que esto es muy complicado, y que, en estos momentos nadie tiene la mayoría para hacerlo, parece que lo mejor es seguir haciendo el paripé de discutir y discutir, jugando una especie de partido de ping-pong, que saca lo peor de todos y nos divide.

Dani Cuesta, SJ

Ciao.

viernes, 24 de enero de 2020

A ver si quedamos


Seguro que lo has dicho más de una vez en los últimos tiempos. Un "a ver si quedamos..." que enmascara la convicción de que esto no va a ocurrir pronto, porque los ritmos, la agenda, las prisas, las prioridades, la concreción... Así lo describe Alvaro Lobo Arranz

Puede que sea el tamaño de las grandes ciudades, la cultura que valora más el hacer que el estar o una agenda ultracomprimida, pero tengo la impresión de que cada vez es más complicado quedar con las personas.
Somos tan celosos de nuestro tiempo que nos cuesta mucho modificar la rutina cuando conlleva algo de renuncia.
Hay personas con las que conseguir tomar un café resulta más complicado que negociar el Brexit. Si coincide que puedo y no hay nada mejor, bien, si no, patadón arriba y ya se verá… O te adaptas a mí o no hay plan. Y esto empieza a ser generalizado, a mi al menos me pasa bastante.

Nuestra forma de actuar habla de lo que llevamos dentro, en lo profundo. Este modo de vivir que economiza las horas y calcula las relaciones en función del interés denota una paradójica pobreza: No soportamos la gratuidad. Darnos sin esperar nada a cambio. No es cuestión de dinero. Se trata del descentramiento que nos lleva al otro, que tiende puentes y genera vida.
Lo contrario hace que la realidad bascule siempre sobre nuestro ombligo y el virus del egoísmo nos contagia a la vez que estamos encantados de lo bonita que es nuestra vida. La falta de gratuidad nos lleva a ensismismarnos con nuestra propia solitud.
En nuestras latitudes el tiempo es de las cosas más valiosas que tenemos, a veces por encima de la salud y, por supuesto, del dinero. Un bien que se nos da y que muchas veces daríamos media vida por un instante. Es irreversible. No se puede recuperar. Pienso en la gente que marcó mi vida y fueron expertos en regalar su tiempo. Si nuestro uso del tiempo no nos abre a los demás tenemos un serio problema. Regalar tiempo es una forma de querer a las personas.
Ojalá seamos capaces de valorar este bien tan preciado, pero no para cuadrar nuestra agenda perfecta o para alimentar nuestro ego, sino para abrirnos a los demás y entregarlo en aquello que realmente merece la pena.

Álvaro Lobo, SJ

Ciao

jueves, 23 de enero de 2020

Ser generadores del bien


Para vivir esta propuesta debemos empezar con pequeños actos de amor en la vida diaria.
En casa, estar atentos a las cosas simples que podemos hacer unos por los otros, pequeñas gentilezas que, hechas con la intención de amar, pueden generar un clima de armonía en el seno de la familia.
En el trabajo, saludar a todos, empezando por el portero, el personal de limpieza, el compañero que trabaja a nuestro lado. Ofrecer ayuda, interesarnos por su vida y sus preocupaciones.
Ser atentos con los amigos, visitar a algún enfermo, estar presentes en momentos importantes, felicitarlos por sus conquistas.
 Es decir, pensar en el otro.
Hasta llegar al punto en que sus preocupaciones son también las nuestras, porque compartimos el camino de la vida lado a lado.
Esta es la comunión verdadera, la comunión de la vida, que nos transforma en generadores de bien

Apolonio Carvalho Nascimento


Ciao.

miércoles, 22 de enero de 2020

Primeros y últimos


Nos descoloca tu lógica de pequeños y grandes, de sabios y necios, de enfermos y sanos.
A los que están al final los adelantas, y a quienes se pavonean, ufanos por su asiento preferente, los mandas a la última fila.
A quienes lucen los galones del cumplimiento y la perfección les ignoras las medallas, mientras aplaudes la dignidad de las cicatrices en historias bien vividas.
Siembras la duda en los soberbios, al tiempo que asientas la verdad de los humildes.
Pasas de largo ante las mansiones bien provistas y te alojas en hogares donde abundan las carencias.
Nos ilumina tu lógica de pequeños y grandes, de sabios y necios, de enfermos y sanos, de primeros y últimos.

José María Rodríguez Olaizola.

Ciao.

martes, 21 de enero de 2020

Mi grupo, mi baluarte donde me pongo a salvo


La tentación de encerrarnos en el grupo de iguales es muy humana, pero cuando se hace a base de enfrentarse con el otro se vuelve terrible. Así lo propone Javier Prieto

La agitación política de las últimas semanas llena las noticias y las conversaciones de «ismos», sufijo con el que solemos designar aquellas posiciones extremas o sesgadas que lejos de buscar lo común se resguardan escorándose en determinadas ideas o prácticas.
Esta corriente, cada vez más común, es una de las causas del ambiente de crispación social en el que nos movemos y responde en muchos casos a un creciente sentimiento de inseguridad. Las ideas, los símbolos, los consensos sociales, las instituciones se tambalean ante los aires de cambio y se necesitan rocas en las que sentirse seguro. Por eso muchos buscan peñascos en los que poder construir una atalaya desde donde defender sus convicciones, pero no siempre la roca más escarpada e inaccesible es la que más seguridad confiere.
En la Iglesia no somos ajenos a esta tendencia defensiva. Aunque algunos pueden caer en el extremismo ideológico, creo que la mayor tentación hoy se encuentra en encerrarse en los grupos identitarios: Mi grupo de jóvenes, mi campamento, mi parroquia, mi movimiento, mi espiritualidad, mi diócesis.
Seguramente que a muchos les suene esta realidad, parafraseando una expresión de típica de las redes sociales «si no conoces ninguno, es que estás dentro de uno».
 La experiencia eclesial de ser una minoría empuja peligrosamente a buscar grupos en los que sentirse cómodo y seguro, absolutizando su identidad hasta ser casi lo único que define la pertenencia de sus miembros a la Iglesia.
Las comunidades hoy en día necesitan nuevas formas y modelos, por ello generar grupo no es malo, pero desde dos dimensiones fundamentales de la Iglesia: La comunión y la universalidad.
Absolutizar la identidad de un grupo, casi al modo de la imagen de marca de cualquier empresa comercial, no solo genera aislamiento, sino que va en contra del ser mismo de la Iglesia, ser una en la diversidad, ser comunión en la diferencia, ser universal desde la realidad local.
En estos tiempos que demandan creatividad y valentía no podemos buscar la opción fácil del refugio seguro, de la exaltación de lo identitario frente a lo común.
Cuando ponemos el foco en lo que compartimos descubrimos que solemos alegrarnos y llorar por las mismas cosas, que juntos solucionamos mejor los problemas y que lo «mío» se vuelve muy pequeño ante lo «nuestro».

Javier Prieto

Ciao.

lunes, 20 de enero de 2020

Dejar que los hermanos nos ayuden


La humildad, vivida por amor, es una virtud que elimina la arrogancia de parte de quien ofrece ayuda, y también la vergüenza de quien recibe la ayuda.
Donde existe la comunión, el hecho de dar o recibir ayuda es secundario, porque el amor mutuo hace que todo sea de todos, tanto los bienes como las necesidades.
Una ayuda muy importante y que, a veces, olvidamos de pedir y es difícil de aceptar, es la corrección fraterna. Dejar que los hermanos nos ayuden también en este sentido: Que nos muestren donde tenemos que cambiar para ser mejores personas.
Cuando practicamos con humildad y amor este tipo de ayuda entre nosotros, el progreso espiritual es colectivo, crecemos juntos. Caminamos juntos, por así decir, el camino de santidad.
Dios nos quiere justos y santos, y sólo conseguiremos alcanzar ese objetivo con Su ayuda y la ayuda recíproca.

Apolonio Carvalho Nascimento

Ciao.