Me han enviado esa reflexión y no sé ahora mismo quién ha sido, pero creo que te va a gustar. Ojalá las tareas se compartieran y tanto hombres como mujeres encontrasen a Dios en la montaña y en las cocinas.
Mujer…¿Te has dado cuenta de que en las Escrituras muchas veces los hombres subían a las montañas para encontrarse con Dios?. Allí subió Moisés, allí fue llamado Abrahám, allí oró Elías. Pero casi nunca leemos que las mujeres subieran a esos montes.
¿Sabes por qué? Porque estaban sosteniendo la vida.
Estaban cuidando bebés, preparando el pan, encendiendo fuegos, sanando heridas, sembrando en la tierra, consolando corazones. No podían abandonar todo para escalar una montaña…La montaña estaba en sus propias manos, en sus rutinas, en sus responsabilidades.
Hace poco hablaba con una amiga y le confesaba algo que quizá tú también has sentido:
“Como mujer moderna, siento que nunca estoy lo suficientemente libre de mis responsabilidades como para encontrar un lugar tranquilo y largo para estar con Dios.”
Y ella me respondió algo que tocó mi alma:
“Por eso Dios viene a las mujeres. Los hombres suben a la montaña; Dios visita a las mujeres donde ellas están.”
He pensado mucho en esas palabras…Y al volver a la Biblia lo vi con claridad.
Dios se encontró con una mujer samaritana junto al pozo mientras sacaba agua para su casa. Se reveló a Marta en medio del servicio.
Acompañó a mujeres en cocinas, en patios, en caminos polvorientos, junto a lechos de enfermos.
Y en la mañana más gloriosa de la historia, fue una mujer —María Magdalena— quien vio primero al Cristo resucitado. Ella no estaba allí buscando una experiencia mística en una montaña. Estaba allí cumpliendo un acto de amor, preparando un cuerpo para el entierro. Y en medio de esa tarea silenciosa y dolorosa…Se encontró cara a cara con la Resurrección.
Qué hermoso recordarlo. Dios no espera que abandonemos lo que nos ha confiado para poder hablarnos. Él entra en nuestras cocinas.
Camina por nuestros pasillos. Se sienta a nuestro lado cuando estamos cansadas. Nos susurra mientras doblamos ropa, mientras conducimos, mientras cuidamos, mientras lloramos.
Si alguna vez sientes que no tienes “tiempo suficiente” para subir a la montaña, recuerda esto: El Dios vivo sabe exactamente dónde estás.
Él conoce el peso que llevas. Él ve tu fidelidad en lo pequeño. Y si abres tu corazón, lo encontrarás allí… En lo ordinario convertido en sagrado. Porque Él vive. Y sigue visitando a mujeres que, sin dejar sus responsabilidades, han decidido no soltar Su mano.
Ciao.






