lunes, 21 de abril de 2014

Terminó la Semana Santa; y ahora, ¿Qué?



Preciosa reflexión para saber lo que tenemos que hacer el resto del año. Hemos vivido una semana intensa de unión a Jesús en su Pasión y Muerte... ¿Y ahora, qué pensamos hacer?

 Ya ha acabado la Semana Santa, un tiempo de mil emociones; hemos visto las calles llenas de gente acompañando figuras de Jesús y su madre sufriendo en los últimos momentos de vida de este, personas que se han acercado a las celebraciones que habitualmente no lo hacen durante el resto del año, personas que se han acercado a confesarse y a comulgar estos días, pero, ¿Y ahora qué?
Viendo una procesión multitudinaria en una gran ciudad le decía a Dios:
- ¡Ojalá todo el año fuese Semana Santa! 
Sí, ojalá todo el año la gente mimase hasta el último detalle para esperar a que Jesús pase delante de ellos, ojalá la gente abarrotase las calles a su paso, ojalá la gente se acercase a confesarse y a visitar a Jesús en el Sagrario. Será, entre otras cosas, porque las mujeres tenemos bastante de soñadoras, que ese era mi único pensamiento mientras veía aquella procesión.
Hay muchos detalles de la Semana Santa que se nos han podido quedar grabados a fuego en el corazón, quizá nos haya interpelado la imagen del pueblo de Jerusalén gritando Hosanna para unos días después gritar que lo crucifiquen, quizás ha sido la actitud de María de Betania, que no atendió a la lógica humana, sino al amor para ungir con perfume carísimo los pies de Jesús, la que nos ha hecho replantearnos nuestra actitud con Él, o la de Judas, tan calculador y traidor como nosotros tantas veces.
Igual el Viernes Santo sentimos una profunda tristeza por la muerte de Jesús, quizá en la Vigilia Pascual hemos sentido que Dios ha corrido la losa de alguno de nuestros sepulcros interiores o mientras llevábamos el paso de la cofradía a hombros hemos sentido un peso ligero y una profunda paz. ¡Tantas cosas nos han podido pasar por la cabeza y por el corazón estos días!
Ahora es tiempo de meditarlo, de ver qué nos quiere decir Dios con eso, ¡no podemos quedarnos en la Semana Santa!
El resto del año sigue habiendo Misa los domingos, y los lunes, y los martes, y los miércoles, ¡Y el resto de días!
El resto del año siguen estando los confesionarios abiertos, y Jesús en el Sagrario.
No existen católicos a tiempo parcial, no se puede vivir de cara a Jesús solamente una semana al año, es hora de recoger los frutos; de hacer vida ese “haced esto en memoria mía”, “amaos unos a otros como yo os he amado”, de ponernos a lavar los pies a nuestros hermanos, sirviéndolos cuando más lo necesiten, de partirnos y repartirnos como el mismo Dios hizo aquella noche de Jueves Santo, de hacer de Cireneos con tantas personas que se cruzan en nuestro camino a diario, de anunciar, como María Magdalena, que Jesús ha resucitado, y así, tener claro que a partir de aquel momento, la muerte y el mal no tienen la última palabra.

¿Te apuntas?

http://jovenescatolicos.es/2014/04/20/termino-la-semana-santa-y-ahora-que/

Ciao.

domingo, 20 de abril de 2014

Una sola Muerte, una sola Resurección



ES UNA SOLA LA MUERTE EN FAVOR DEL MUNDO Y UNA SOLA LA RESURRECCIÓN DE ENTRE LOS MUERTOS

Nuestro Dios y Salvador realizó su plan de salvar al hombre levantándolo de su caída y haciendo que pasara del estado de alejamiento, en que había incurrido por su desobediencia, al estado de familiaridad con Dios.
Éste fue el motivo de la venida de Cristo en la carne, de su convivencia con los hombres, de sus sufrimientos, de su Cruz, de su sepultura y de su Resurrección: Que el hombre, una vez salvado, recobrará, por la imitación de Cristo, su antigua condición de hijo adoptivo.

Y así, para llegar a una vida perfecta, es necesario imitar a Cristo, no sólo en los ejemplos que nos dio durante su vida, ejemplos de mansedumbre, de humildad y de paciencia, sino también en su muerte, como dice Pablo, el imitador de Cristo: Muriendo su misma muerte, para alcanzar también la resurrección de entre los muertos.

Más, ¿De qué manera podremos reproducir en nosotros su muerte? Sepultándonos con Él por el Bautismo.
¿En qué consiste este modo de sepultura, y de qué nos sirve el imitarla?
En primer lugar, es necesario cortar con la vida anterior. Y esto nadie puede conseguirlo sin aquel nuevo nacimiento de que nos habla el Señor, ya que la regeneración, como su mismo nombre indica, es el comienzo de una vida nueva. Por esto, antes de comenzar esta vida nueva, es necesario poner fin a la anterior.
En esto sucede lo mismo que con los que corren en el estadio: Éstos, al llegar al fin de la primera parte de la carrera, antes de girar en redondo, necesitan hacer una pequeña parada o pausa, para reemprender luego el camino de vuelta; así también, en este cambio de vida, era necesario interponer la muerte entre la primera vida y la posterior, muerte que pone fin a los actos precedentes y da comienzo a los subsiguientes.

¿Cómo podremos, pues, imitar a Cristo en su descenso a la región de los muertos? Imitando su sepultura mediante el bautismo.
En efecto, los cuerpos de los que son bautizados quedan, en cierto modo, sepultados bajo las aguas.
Por esto el bautismo significa, de un modo arcano, el despojo de las obras de la carne, según aquellas palabras del Apóstol: Habéis sido circuncidados, no con operación quirúrgica, sino con la circuncisión de Cristo, que consiste en el despojo de vuestra condición mortal; con Cristo fuisteis sepultados en el bautismo, ya que el bautismo en cierto modo purifica el alma de las manchas ocasionadas en ella por el influjo de esta vida en carne mortal, según está escrito: Lávame: quedaré más blanco que la nieve. Por esto reconocemos un solo bautismo salvador, ya que es una sola la muerte en favor del mundo y una sola la resurrección de entre los muertos, y de ambas es figura el bautismo.

Del Libro de san Basilio Magno, obispo, Sobre el Espíritu Santo
(Cap. 15, núm. 35: PG 32, 127-130)

¡Feliz Resurrección!

Ciao.

sábado, 19 de abril de 2014

Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca



Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca...

Entonces, Señor, ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro?
¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás?
¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro?
¿Cuándo volverás a nosotros?
Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros.
Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo.
Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a Ti, porque sin ti nada podemos.
Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas.
Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré.

De los escritos de San Anselmo de Aosta

Ciao.

viernes, 18 de abril de 2014

¿Seremos nosotros... SEÑOR?



¿SEREMOS NOSOTROS...SEÑOR?

¿A los que nos cuesta enfrentarnos a nuestra propia verdad?
¿Los que vendemos, no por plata, pero tal vez por menos tu nombre y tu gloria?
¿Los que compartimos el pan único y partido y escapamos a continuación a la penumbra que esconde nuestras contradicciones?
¿Los que decimos “si” cuando sabemos que en realidad que es un “no”?
¿Los que te presentamos como amigo en el altar y como a un gran desconocido en la vida debido al miedo o a la vergüenza?
¿Los que besamos tu cruz por ser Viernes Santo y, luego ese beso, quede pronto en el olvido?
¿Los que escondemos, bajo el ropaje que nos viste, la bolsa acaudalada que nos seduce y lo que en el fondo nos convence?

¿SEREMOS NOSOTROS...SEÑOR?

¿Aquellos a los que les cuesta tomar postura por tu Reino y poco reparo en comulgar en tu mesa?
¿Aquellos que sienten mayor el peso de sus pecados y no la grandeza y poder de tu misericordia?
¿Aquellos que tardan en llevar a cabo lo que es importante y ,al instante, lo que conduce a la desesperación?
¿Aquellos que piensan que hace tiempo que Dios echó el cerrojo a los pequeños y grandes Judas que nos sentamos a tu mesa?

Que nunca, Señor, lleguemos a pensar que es mas fuerte nuestro pecado que tu Gracia, nuestra falta más que tu perdón, nuestra traición mayor que tu fidelidad, nuestros besos más sinceros que tu gran amor.....
Que nunca, Señor, lo lleguemos a pensar.

Javier Leoz

Ciao.

jueves, 17 de abril de 2014

Letanía


Enséñame cómo se va a ese país que está más allá de toda palabra
y de todo nombre.
Enséñame a orar a este lado de la frontera, aquí donde se encuentran estos bosques.
Necesito que tú me guíes.
Necesito que tú muevas mi corazón.
Necesito que mi alma se purifique por medio de tu oración.
Necesito que robustezcas mi voluntad.
Necesito que salves y transformes el mundo.
Te necesito a ti para todos cuantos sufren, para todos cuantos padecen prisión, peligro o tribulación.
Te necesito para todos cuantos han enloquecido.
Necesito que tus manos sanadoras no dejen de actuar en mi vida.
Necesito que hagas de mí, como hiciste de tu Hijo, un sanador, un consolador, un salvador.
Necesito que des nombre a los muertos.
Necesito que ayudes a los moribundos a cruzar el río.
Te necesito para mí, tanto si vivo como si muero.
Es preciso.
Amén.

Thomas Merton

Ciao.

miércoles, 16 de abril de 2014

¿Quién soy yo?



 Es la pregunta que deberá guiar la reflexión de los cristianos en esta Semana Santa. 

El Papa Francisco la propuso ayer, 13 de abril, Domingo de Ramos, durante la celebración de la misa presidida en el atrio de la basílica vaticana, pronunciando la homilía espontáneamente. Y enumeró las posibles respuestas al interrogativo, volviendo a proponer y actualizando los comportamientos de algunos de los protagonistas del relato evangélico de la Pasión.


«Esta semana —recordó el Santo Padre— comienza con una procesión festiva con ramos de olivo: Todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús». Y ya se vislumbra la Pasión de Jesús, el misterio de su muerte y resurrección. Precisamente en esta óptica «nos hará bien —aconsejó el Papa Francisco— hacernos una sola pregunta:
¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo ante Jesús que entra con fiesta en Jerusalén? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O guardo las distancias? ¿Quién soy yo ante Jesús que sufre?». ¿Somos como los que querían matarlo, preguntó de nuevo, o como Judas que lo traicionó por treinta denarios? ¿O estamos «adormentados» como los apóstoles «que no entendían nada»? ¿O incluso nos comportamos «como aquellos dirigentes que organizan a toda prisa un tribunal y buscan falsos testigos», y cuando hacemos estas cosas creemos de hacerlo por nuestro prójimo? ¿O bien nos asemejamos a Pilato y cuando vemos que la situación es difícil, nos lavamos las manos y con tal de no asumir nuestra responsabilidad dejamos condenar a las personas?

El obispo de Roma continuó preguntando si nos identificamos con los que se divertían burlándose del Señor o nos reconocemos en el comportamiento del Cireneo, «que volvía del trabajo, cansado, pero que tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a llevar la cruz», o en el de las mujeres valientes, «como la Madre de Jesús», que estaban allí y sufrían en silencio. Por último expresó el deseo de que esta pregunta nos acompañe «durante toda la semana».

Como conclusión de la misa, antes del Ángelus, el Papa anunció su visita a la República de Corea el próximo mes de agosto, con ocasión del encuentro continental de los jóvenes asiáticos.

http://www.osservatoreromano.va/es

Ciao.

martes, 15 de abril de 2014

La fragilidad del bien


La Pasión de Cristo o la rehabilitación del cristianismo

El pensamiento económico liberal ha restituido viejos vicios y pasiones egoístas, exaltando los derechos soberanos del individuo.

Quizá debamos reconocer que el silencio de Dios y su deseo de exiliarlo, la actitud de resistencia a contemplar cualquier estructura incapaz de sobrepasar cálculos meramente económicos y sociales, la primordial perturbación de afirmar la autonomía, libre de cualquier hipoteca divina, de eliminar la Patria (el capital íntegro recibido de nuestros antepasados) y la Nación (la comunidad viviente de herederos), la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista y privatizada, incierta y cambiante, líquida -según la metáfora de Bauman-, medirá la pureza y el heroísmo de la fe de los creyentes.

El pensamiento económico liberal ha restituido viejos vicios y pasiones egoístas, exaltando los derechos soberanos del individuo y recusando cualquier sujeción a la religión. Sin embargo, se encuentra en una verdadera paradoja y encrucijada: Entregado a su propia suficiencia no puede vivir sin valores absolutos.
Se quieren reglas, pero no renunciar a nosotros mismos; se apela a la responsabilidad, pero no a consagrar la vida al prójimo, la familia ni la nación; nos gobiernan los derechos subjetivos, pero no termina por aceptarse el “todo está permitido”.
Hedonista y ordenado, emancipado y sobrio, con una moral indolora -en expresión de Lipovetsky-, sin obligación ni sanción, el hombre autónomo postula una ética asimétrica, una ética mínima de solidaridad compatible con la primacía del ego, oscila entre la revitalización de la moral y la decadencia, constatándose así la inexistencia de una techné, de un modelo capaz de regular la vida personal y social, la falta de respuesta y el fracaso de la sociedad, la ausencia de actitud para ganar tiempo con el objetivo de quedar inmunes al mal, sin necesidad de metanoia.

Y la razón profunda de cuanto sucede está en la disipación del cristianismo, en la falta de vigor de un altar olvidado, de un Evangelio que se quiere secularista y despojado de misterio, sin dogma ni credo, sin moral ni autoridad, un proyecto de cristianismo tan abyecto como ateo.
La tentación progresista de minimizar la fe a lo esencial, a lo que convenga en cada momento de la historia y del devenir de los tiempos, convirtiendo en asténica la propia tradición y las raíces cristianas hasta devorar el cristianismo por un moderno humanismo sin Cristo, ha inoculado a los miembros de la Iglesia hasta dejarlos inermes en una cultura donde todo se negocia y donde se busca una moral individual desesperadamente, en un tiempo que se quiere un mundo homogeneizado por teorías igualitarias y uniformismos legales, despojado desde la presión horizontal de cualquier trascendencia y de la libertad del hombre como imagen de Dios.

"Nada esperes, dirá Saint-Exupéry, del hombre ni del pueblo que trabaja por su propia vida y no por su eternidad, que se mueve sin reposo para procurarse los pequeños y vulgares placeres que llenan sus almas, que sólo ve con los ojos de la carne, con una mentalidad racionalista y tecnócrata, y no con la mirada del corazón, capaz de entrega y adoración, de misterio y de gracia."

Rehabilitar el cristianismo es la propuesta más sugestiva y dichosa en una sociedad sin paradigma, ante un hombre que naufraga a la hora de remitirse a los valores y de configurar el sentido de su vida entre un laicismo postcristiano, ateo y militante, donde se encuentra desubicado Onfray, y una creencia sin práctica religiosa, ayuna de experiencia profunda del Dios manifestado en Cristo.
El desafío de semejante rehabilitación y el anuncio del Evangelio ha de contar con una cultura influenciada por el pensamiento agnóstico, por el humanismo inmanentista y el rechazo de la fe católica, que sólo podrán neutralizarse con el anuncio íntegro de Jesucristo, Redentor del hombre, con la promoción de una cultura cristiana vivida en la caridad.

La conciencia moderna, el querer ser dueños absolutos del propio destino, ha conducido al olvido del hombre como prójimo, a la negación del pondus de mi responsabilidad frente al otro para bien o para mal; ha llevado a la negación de la sociedad como comunidad dotada de orígenes históricos y religiosos, no meramente pactistas, a la consideración de la autoridad como mero límite de supuestos legítimos deseos y pulsiones personales; ha dado origen a la impugnación de una tradición que no se pueda compendiar con la conciencia autónoma o con el hombre como artífice de sí mismo.

Cristo aparece como aquel que en medio de la humanidad se identifica con ella, asume su destino y lo lleva ante Dios, como aquel a quien Dios envía para que actúe con autoridad.
Cristo es el lugar concreto donde la vida propia de Dios, la vida eterna, se hace accesible a los hombres. Pero Cristo es también aquel que está unido desde su libertad a toda la humanidad y es portador de ella, con sus negaciones y sus culpas, sus gozos y logros, portador del pecado de los hombres ante Dios.

La pasión de Cristo es un hecho, algo que ocurrió; un escándalo, porque un justo es eliminado por dos tribunales; un signo, el ajusticiado no responde a la violencia con violencia sino con amor y perdón; un misterio, pues Dios mismo está implicado invirtiendo la muerte de este justo para vida de todos los injustos.
La contemplación de la pasión, como reconoce Olegario González de Cardedal, puede invitar al ateísmo (Dónde está Dios que tolera la injusticia?) o a la conversión y confesión (Dios estaba compartiendo nuestra muerte y respondiendo a nuestra injusticia, ofreciéndonos la justicia y la santidad de su Hijo).
Lo que los hombres van a quitarle a Cristo, Él lo da anticipadamente por voluntad propia. Donde estaba el pecado destruyendo la relación del hombre con Dios, él pone su sangre y su vida para destruirlo y para que nosotros tengamos vida.

Pero existe una perduración objetiva de su pasión. La pasión de Cristo es la pasión de todos los hombres y la pasión de todos los hombres es su pasión. En él estaban todos los condenados y crucificados de la tierra puestos ante Dios.
La pasión de Cristo es el relato de un acontecimiento que tuvo lugar en el pasado y que es a la vez un presente. Cristo es el contemporáneo del hombre.
La pasión de Cristo nos desvela nuestros secretos y nos confronta con nuestro pecado y con Dios, nos remite a los otros y al Otro, libres ya de cualquier pretensión para salvarnos por nosotros mismos. La relación del hombre con Cristo no es una relación determinada por el tiempo sino la relación con alguien que perteneciendo a la eternidad es inmediato a cada hombre.
Mientras que exista el homo viator, su obra está por concluir, su pasión sigue viva. Mientras dure la historia no se ha consumado su misión y tenemos que revivirla para identificarnos con sus frutos: La paz y le perdón.

¿Querrá el hombre aceptar el paradigma del cristianismo como propuesta definitiva de sentido, reconducir su vida a la luz de la pasión de Cristo y su victoria sobre la muerte, o preferirá la clausura de su soledad y perdición?

Roberto Esteban Duque

Ciao.