miércoles, 4 de marzo de 2015

Ser proactivo



SER PROACTIVO es el primero de los famosos “hábitos de la gente altamente efectiva”.
Ser proactivo es más que tener iniciativa; es tomar las riendas de nuestra vida, es responder por nuestra conducta (pasada, presente y futura) y hacer elecciones con base en principios y valores, más que en estados de ánimo o circunstancias.
Las personas proactivas son agentes de cambio y eligen no ser víctimas ni reactivas, ni culpar a otros. Para ello desarrollan y usan cuatro dones únicos:
Autoconciencia, conciencia, imaginación y voluntad independiente, así como un enfoque de dentro hacia fuera para cambiar. Resuelven ser la fuerza creativa que se convierte en decisión fundamental que cualquiera puede tener.
La proactividad es la actitud en la que el sujeto asume el pleno control de su conducta de modo activo, y eso implica la toma de iniciativa en el desarrollo de acciones creativas y audaces para generar mejoras, haciendo prevalecer la libertad sobre las circunstancias del contexto.

Javier Muñoz-Pellín

Ciao.

martes, 3 de marzo de 2015

Tu generosidad hace posible su ESPERANZA


Buenas tardes amigos: Me tomo la licencia desde este "rinconcito" de mi alma, de hacer una llamada URGENTE, a todas esas personas buenas que desde Jaén Capital o provincia me visitáis y me leéis en este blog.
Como miembro de la Plataforma de Ayuda a la Mujer Embarazada de Jaén, a la que pertenezco como delegada de Derecho a Vivir, os pido que por favor nos ayudéis con la aportación de pañales para nuestros bebés rescatados del aborto, y para que esas madres valientes puedan tener limpios a sus hijos.
Hace tiempo que no actualizo datos ni os hablo de esta Plataforma, que lleva caminando en Jaén casi 5 años.
Nuestros logros en cifras pienso que son muy satisfactorios: ¡Más de 70 vidas salvadas!
¿Que os parece?
En esta sociedad pro abortista, en que la mejor solución para una madre con alguna clase de problemas, según aconsejan muchos médicos y sanitarios es "quitarse de en medio el problema", es digna de admiración la valentía de muchas madres que deciden seguir adelante con su embarazo, con tan solo ver la pequeña ayuda que nosotros les ofrecemos.
Ahora estamos "bajo mínimos" en el almacenamiento de pañales, y es por eso que necesitamos urgentemente vuestra colaboración.
!VUESTRA GENEROSIDAD HACE POSIBLE SU ESPERANZA!

Si queréis colaborar con nosotros mandando vuestra generosa aportación, os esperamos en la Calle Maestra, número 12, Bajo en horario de 9 de la mañana a 13 horas. O podéis llamarnos al teléfono 659 516354, para concertar una cita con la responsable.

Sabemos de la generosidad de la buena gente de Jaén, y es por eso que acudimos a ella.
Muchas gracias.

Ciao.


Palabra de Vida Marzo 2015


 «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8, 34).

Durante su viaje al norte de Galilea, por los pueblos en torno a la ciudad de Cesarea de Filipo, Jesús pregunta a sus discípulos qué piensan de él. Pedro confiesa en nombre de todos que él es el Cristo, el Mesías esperado desde hace siglos. Para evitar equívocos, Jesús explica claramente cómo pretende llevar a cabo su misión. Liberará a su pueblo, pero de un modo inesperado, pagando con su persona: deberá sufrir mucho, ser reprobado, ejecutado y, al cabo de tres días, resucitar. Pedro no acepta esta visión del Mesías –como tantos otros de su tiempo, se imaginaba una persona que actuaría con poder y fuerza derrotando a los romanos y poniendo a la nación de Israel en el lugar que le correspondía en el mundo– e increpa a Jesús, quien a su vez lo reprende: «¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» (cf. 8, 31-33).

Jesús se pone de nuevo en camino, esta vez hacia Jerusalén, donde se cumplirá su destino de muerte y resurrección. Ahora que sus discípulos saben que va para morir, ¿querrán seguir con él? Las condiciones que Jesús pide son claras y exigentes. Convoca a la muchedumbre y a sus discípulos en torno a él y les dice:

 «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

Se habían quedado fascinados por él, el Maestro, cuando había pasado por las orillas del lago mientras echaban las redes para pescar o estaban en el mostrador de los impuestos. Sin dudarlo habían dejado barcas, redes, mostrador, padre, madre, casa y familia para ir detrás de él. Lo habían visto hacer milagros y habían oído de él palabras de sabiduría. Hasta aquel momento lo habían seguido llenos de alegría y entusiasmo.

Sin embargo, seguir a Jesús resultaba ser una tarea aún más comprometida. Ahora se veía claramente que significaba compartir plenamente su vida y su destino: el fracaso y la hostilidad, incluso la muerte, ¡y vaya muerte! La más dolorosa, la más infamante, la que estaba reservada a los asesinos y a los delincuentes más despiadados. Una muerte que las Sagradas Escrituras tildaban de «maldita» (cf. Dt 21, 23). Ya solo el nombre de la «cruz» infundía terror, era casi impronunciable. Es la primera vez que esta palabra aparece en el Evangelio. Qué impresión habrá dejado en quienes lo escuchaban.

Ahora que Jesús ha afirmado claramente su identidad, puede mostrar con la misma claridad la de sus discípulos. Si el maestro es el que ama a su pueblo hasta morir por él, cargando con la cruz, también sus discípulos, para serlo, deberán dejar de lado su modo de pensar para compartir totalmente el camino de su maestro, comenzando por la cruz:

«El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

Ser cristianos significa ser otros Cristo: tener «los sentimientos propios de Cristo Jesús», el cual «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 5.8); ser crucificados con Cristo, hasta poder decir con Pablo: «no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20); no saber «cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Co 2, 2). Jesús sigue viviendo, muriendo y resucitando en nosotros. Es el deseo y la ambición más grande del cristiano, la que ha forjado grandes santos: ser como el Maestro. Pero ¿cómo seguir a Jesús para llegar a ser así?

El primer paso es «negarse uno mismo», distanciarme de mi propio modo de pensar. Era el paso que Jesús le había pedido a Pedro cuando le reprochaba que pensase como los hombres y no como Dios. También nosotros, como Pedro, a veces queremos afirmarnos de manera egoísta, o por lo menos siguiendo nuestros criterios. Buscamos el éxito fácil e inmediato, exento de cualquier dificultad, miramos con envidia a los que prosperan, soñamos con tener una familia unida y con construir en torno a nosotros una sociedad fraterna y una comunidad cristiana sin tener que pagar caro por ello.

Negarse uno mismo significa entrar en el modo de pensar de Dios, el que Jesús nos indicó con su modo de actuar: la lógica del grano de trigo, que debe morir para dar fruto, de encontrar más alegría en dar que en recibir, de ofrecer la vida por amor; en una palabra, de cargar cada uno con su cruz.

«El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

La cruz –la de «cada día», como dice el Evangelio de Lucas (9, 23)– puede tener mil caras: Una enfermedad, el quedarse sin trabajo, la incapacidad de gestionar los problemas familiares o profesionales, la sensación de fracaso por no saber crear relaciones auténticas, la sensación de impotencia ante los grandes conflictos mundiales, la indignación por los escándalos recurrentes en nuestra sociedad… La cruz no hay que buscarla; nos sale al encuentro por sí sola, y precisamente cuando menos lo esperamos y de un modo que nunca nos habríamos imaginado.

Jesús nos invita a «cargar» con ella en lugar de sufrirla con resignación como un mal inevitable, de dejar que nos caiga encima y nos aplaste, o incluso de soportarla de modo estoico y desprendido. Más vale acogerla como un modo de compartir su cruz, como posibilidad de ser sus discípulos incluso en esa situación y de vivir en comunión con él también en ese dolor, porque él fue el primero en compartir nuestra cruz. Porque cuando Jesús cargó con la cruz, con ella tomó sobre sus hombros todas nuestras cruces. En cualquier dolor, tenga el rostro que tenga, podemos, pues, encontrar a Jesús, que ya lo ha hecho suyo.

Así ve Igino Giordani la inversión del papel de Simón de Cirene, que lleva la cruz de Jesús: la cruz «pesa menos si Jesús hace de Cireneo con nosotros». Y pesa aún menos, continúa, si la llevamos juntos. «Una cruz llevada por una criatura, al final aplasta; llevada juntos por varias criaturas teniendo en medio a Jesús o tomando como Cireneo a Jesús, se vuelve ligera: yugo suave. Una escalada en cordada, entre muchos, concordes, se convierte en una fiesta, y a la vez procura una ascensión».
Así pues, tomar la cruz para llevarla con él, sabiendo que no la llevamos solos porque él la lleva con nosotros, es relación, es pertenencia a Jesús, hasta la plena comunión con él, hasta convertirnos en otros él. Así es como seguimos a Jesús y nos convertimos en auténticos discípulos. Entonces la cruz será de verdad para nosotros, como para Cristo, «fuerza de Dios» (1 Co 1, 18), camino de resurrección. Encontraremos la fuerza en cada debilidad, la luz en cada oscuridad, la vida en cada muerte, porque encontraremos a Jesús.

FABIO CIARDI

Ciao.

lunes, 2 de marzo de 2015

¿Queremos tener hijos árbol o hijos zarza?


El árbol, a diferencia de la zarza, es moldeable y permite el desarrollo de los vegetales que envuelven su entorno, la zarza , por el contrario, se expande con rapidez invandiendo con ramas prolíficas y espinosas todo su contorno, dificultando gravemente la floración y el crecimiento de todo cuanto hay a su alrededor, a no ser de que sea otra zarza, claro.
Nuestros niños son árboles, nunca podemos concebirlos como zarzas, para ello hay que cuidar mucho el tallo y podar las primeras ramas que surgen con vigor dificultando el crecimiento sano del tallo y acaparando con el espacio y el derecho al crecimiento sano de los árboles que germinan a su alrededor.
Un niño sano habrá crecido con valores humanos sólidos que a diferencia de las zarzas, no habrán desarrollado infinidad de ramas espinosas que dificultan y ahogan la germinación de sus árboles vecinos.
En la sociedad de la competitividad es complicado, pero es posible crear árboles fuertes que no pierdan su esencia noble y pura.
Para ello debemos mirar en nuestro interior y contemplar aquellos aspectos que nos convierten a veces en zarza y tratar de cortar de raíz nuestras espinas y retorcidos ramajes, para que desde nuestro aclareo podamos transmitir a nuestros hijos y educandos una sana y armoniosa posibilidad de crecimiento.

Ciao.

domingo, 1 de marzo de 2015

¿Cómo estás mirando la vida hoy?


Se cuenta la historia de gemelos idénticos: Uno lleno de optimismo que a menudo solía decir: ¡Todo está saliendo color de rosas! y el otro, un pesimista triste y sin esperanza que de continuo esperaba que sucediera lo peor.
Los padres preocupados por los gemelos los trajeron a un psicólogo, con la esperanza de que él pudiera ayudarlos a balancear sus personalidades.
El psicólogo sugirió que en el próximo cumpleaños de los gemelos, los padres los pusieran en habitaciones separadas para abrir sus regalos.
-Denle al pesimista los mejores regalos que puedan comprar -les dijo el psicólogo- , y al optimista una caja de estiércol.
Los padres hicieron como se les dijo.
Cuando miraron a hurtadillas al gemelo pesimista, lo escucharon quejarse:
-No me gusta el color de este juguete. ¡Apuesto a que este juego se va a romper! No me gusta jugar a este juego. ¡Conozco a alguien que tiene uno mejor que este!

Atravesando de puntilla el pasillo, los padres miraron a hurtadillas y vieron a su hijo optimista, que con alegría tiraba al aire el estiércol. Se estaba riendo mientras decía:
- ¡No puedes engañarme! ¡Donde hay tanto estiércol, tiene que haber un caballo!

¿Cómo estas mirando la vida hoy? ¿Cómo un accidente que está esperando por suceder, o una bendición a punto de ser recibida?
La gente más feliz no necesariamente tiene lo mejor de todo. Ellos hacen lo mejor de las cosas.

Ciao.

sábado, 28 de febrero de 2015

¿Por qué nos cuesta tanto rezar?



Todos tenemos dificultades para rezar, para hablar con Dios en la intimidad.
Estas dificultades pueden tener diversas causas: Una sociedad secularizada que intenta, una y otra vez, convencernos de que Dios no es más que una entelequia ajena al hombre "práctico".
Nuestra percepción de Dios, que no se ajusta a su verdadera entidad o simplemente las limitaciones humanas.
Rezar es a la vez fácil porque es Dios que tiene la iniciativa y se trata simplemente de ponernos en sus manos pero también puede ser difícil porque estamos excesivamente centrados en nosotros mismos y ello nos impide abrirnos a Dios y a los demás.
A veces pensamos que la vida en la ciudad con sus ruidos, sus preocupaciones y prisas no es un lugar apropiado para levantar nuestra mirada al Señor. Sin embargo la ciudad, sus gentes, sus gozos y sus esperanzas nos pueden acercar al corazón de un Dios que vive en ella.
La oración es parte esencial de nuestra vida cristiana, pero en nuestra vida cotidiana nos cuesta rezar:
1. Por falta de tiempo.
2. Por poca motivación real.
3. Porque pensamos en la oración como algo engorroso.
4. Porque no la consideramos necesaria para nuestra vida.
5. Porque no sabemos cómo hacerlo.
6. Porque nos da vergüenza de que nos vean rezar...

Es cierto que vivimos en un mundo acelerado, ruidoso y secular, pero la oración es necesaria, tanto como la conversación como un amigo o como el diálogo de unos padres con sus hijos...
Sin esa relación con otros, estamos"incompletos".Necesitamos hablar y que nos hablen.
Tengo muy claro, creo, que la oración es lugar y tiempo de encuentro con el Señor. Así lo experimento y así lo experimentan tantos cuantos rezan.
A pesar de las dificultades que podamos encontrar fuera o dentro de nosotros, sigo creyendo que la oración es encuentro y relación con Dios vivo que se acerca con amor a mi vida, que abre una brecha en mi corazón y lo va trasformando.
La ciudad, con sus humos, su tráfico, sus tensiones, su progreso técnico, su masificación y sus gentes es lugar para rezar. En ella se vive la relación humana junto a la aridez y la lucha, el bullicio y el desierto. Es lugar de encuentro con los que percibo como amigos, a veces, como competidores, vecinos, compañeros de trabajo...
La vida cotidiana es un lugar de revelación o por el contrario ser un lugar de opacidad de Dios y de la persona. Todo ello depende de nuestra mirada creyente.
Convencida de que en ese entramado de relaciones Dios está presente en las personas y en los acontecimientos, inspira nuestro camino y nos muestra el rostro vivo de Jesús.
Por eso, argumentar que carezcemos de tiempo para rezar no es más que una excusa con la que intentamos acallar esa desafección para con Quien tanto nos ama.
No podemos olvidar dos citas de Santa Teresa:

- "Dios anda entre los pucheros" (es decir en todo lo que hago).

- "No es otra cosa oración mental, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (nadie, nunca, nos amará como Dios lo hace).

Ciao.

viernes, 27 de febrero de 2015

El vendedor de globos



Una vez había una gran fiesta en un pueblo. Toda la gente había dejado sus trabajos y ocupaciones de cada día para reunirse en la plaza principal, en donde estaban los juegos y los puestos de venta de cuanta cosa bonita uno pudiera imaginarse.
Los niños eran quienes gozaban con aquellos festejos populares.
Había venido de lejos todo un circo, con payasos y equilibristas, con animales amaestrados y domadores que les hacían hacer pruebas y cabriolas.
También se habían acercado hasta el pueblo toda clase de vendedores, que ofrecían golosinas, alimentos y juguetes para que los chicos gastaran allí los pesos que sus padres o padrinos les habían regalado con objeto de sus cumpleaños, o pagándoles trabajitos extras.
Entre todas estas personas había un vendedor de globos. Los tenía de todos los colores y formas. Había algunos que se distinguían por su tamaño. Otros eran bonitos porque imitaban a algún animal conocido, o extraño.
Grandes, chicos, vistosos o raros, todos los globos eran originales y ninguno se parecía al otro.
Sin embargo, eran pocas las personas que se acercaban a mirarlos, y menos aún los que pedían para comprar algunos.
Pero se trataba de un gran vendedor. Por eso, en un momento en que toda la gente estaba ocupada en curiosear y detenerse, hizo algo extraño. Tomó uno de sus mejores globos y lo soltó.
Como estaba lleno de aire muy liviano, el globo comenzó a elevarse rápidamente y pronto estuvo por encima de todo lo que había en la plaza.
El cielo estaba clarito, y el sol radiante de la mañana iluminaba aquel globo que trepaba y trepaba, rumbo hacia el cielo, empujado lentamente hacia el oeste por el viento quieto de aquella hora.
El primer niño gritó:
-¡Mira mamá un globo!
Inmediatamente fueron varios más que lo vieron y lo señalaron a sus chicos o a sus más cercanos. Para entonces, el vendedor ya había soltado un nuevo globo de otro color y tamaño mucho más grande. Esto hizo que prácticamente todo el mundo dejara de mirar lo que estaba haciendo, y se pusiera a contemplar aquel sencillo y magnífico espectáculo de ver como un globo perseguía al otro en su subida al cielo.
Para completar la cosa, el vendedor soltó dos globos con los mejores colores que tenía, pero atados juntos. Con esto consiguió que un tropilla de niños pequeños lo rodeara, y pidiera a gritos que su papá o su mamá le comprara un globo como aquellos que estaban subiendo y subiendo.
Al gastar gratuitamente algunos de sus mejores globos, consiguió que la gente le valorara todos los que aún le quedaban, y que eran muchos.
Porque realmente tenía globos de todas formas, tamaños y colores.
En poco tiempo ya eran muchísimos los niños que se paseaban con ellos, y hasta había alguno que imitando lo que viera, había dejado que el suyo trepara en libertad por el aire.
Había allí cerca un niño negro, que con dos lagrimones en los ojos, miraba con tristeza todo aquello. Parecía como si una honda angustia se hubiera apoderado de él.
El vendedor, que era un buen hombre, se dio cuenta de ello y llamándole le ofreció un globo.
El pequeño movió la cabeza negativamente, y se rehusó a tomarlo.
-Te lo regalo, pequeño, le dijo el hombre con cariño, insistiéndol para que lo tomara.
Pero el niño negro, de pelo corto y ensortijado, con dos grandes ojos tristes, hizo nuevamente un ademán negativo rehusando aceptar lo que se le estaba ofreciendo.
Extrañado el buen hombre le preguntó al pequeño que era entonces lo que lo entristecía.
Y el negrito le contestó, en forma de pregunta:
- Señor, si usted suelta ese globo negro que tiene ahí ¿Será que sube tan alto como los otros globos de colores?
Entonces el vendedor entendió. Tomó un hermoso globo negro, que nadie había comprado, y desatándolo se lo entregó al pequeño, mientras le decía:
- Haz tú mismo la prueba. Suéltalo y verás como también tu globo sube igual que todos los demás.
Con ansiedad y esperanza, el negrito soltó lo que había recibido, y su alegría fue inmensa al ver que también el suyo trepaba velozmente lo mismo que habían hecho los demás globos.
Se puso a bailar, a palmotear, a reírse de puro contento y felicidad.
Entonces el vendedor, mirándolo a los ojos y acariciando su cabecita enrulada, le dijo con cariño:
- Mira pequeño, lo que hace subir a los globos no es la forma ni el color, sino lo que tiene adentro.
El niño sonrió con satisfacción y agradeció al vendedor y marchó saltando, para confundirse con los muchachos que coloreaban el parque en aquella soleada tarde.
El vendedor de globos le acababa de enseñar una bella lección de fraternidad:
No es el cuerpo, ni el color, ni la raza, ni tampoco la posición social, ni la religión o las apariencias… es lo que está dentro de cada uno lo que le hace subir.

Ciao.