¿Es que se me ha olvidado escuchar?, ¿Es que se ha esfumado la pasión?, ¿O que, a partir de ahora, lo que venga va a oler siempre a oscuridad?, ¿Acaso me has dejado solo por aquí?
Son preguntas que muerden, que cansan, que inquietan, que duelen. Nos quedamos a pecho descubierto.
¿Señor, qué más puedo hacer? Quizás no haya respuestas mágicas –que, por otra parte, tampoco nos iban a convencer–.
Pero en medio de todo, para Ignacio sigue latiendo una buena noticia: Que el nuestro es un Dios experto en colarse por las rendijas de la debilidad.
Ahora toca encontrarle por ahí.
¿Te atreves a mirar?
Espiritualidad Ignaciana
Ciao.
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