miércoles, 4 de noviembre de 2026

Mi lugar en el mundo


 Todos tenemos un lugar en el mundo. Sea cual sea nuestra vida. Es la posición en el campo donde nuestros talentos se desarrollan plenamente, donde parece que todo se ordena, donde la vida cobra mayor sentido. A veces llega pronto, y otras tardamos años en darnos cuenta. Los cristianos lo llamamos vocación -porque nos sentimos llamados por Dios a ello en el seno de la Iglesia-, pero no solo es cosa de gente creyente. Es nuestro lugar en el mundo.

Sin embargo, hay una tentación clara: Quedarnos solo en nuestro propio lugar, y olvidarnos de todo lo demás. Y de esta forma caemos en el egoísmo del yo, mi, me, conmigo. Y es que esta ubicación se hace teniendo en cuenta el mundo, no lo podemos soslayar. Es decir, que también debemos preguntarnos cómo podemos servir mejor al mundo. O dicho de otro modo, qué puedo hacer yo por el mundo, recordando aquel discurso mítico de Kennedy en Berlín. No olvidemos que el mundo nos necesita y quizás la pregunta debe enriquecerse de esta forma: ¿Yo, con mis talentos y mis dones, cómo puedo servir al mundo de la mejor manera posible? ¿Cómo puedo hacerlo más y mejor?

En trigonometría, necesitamos tres puntos para ubicar una posición con precisión, así funcionan los GPS. Para el ser humano esos puntos son la propia persona, Dios y el mundo. De lo contrario es fácil que andemos perdidos o desorientados. O tendremos dirección, pero no sentido. O ni una cosa ni la otra. O sencillamente buscaremos donde no debemos. O daremos vueltas sobre nosotros mismos sin llegar nunca a buen puerto. 

Ojalá seamos capaces de encontrar nuestro lugar en el mundo. Ojalá seamos valientes para preguntar a Dios, mientras contemplamos el dolor del mundo, en qué posición debemos jugar. Tan sencillo y a la vez tan complicado como hacernos esta doble pregunta: Señor, ¿Qué puedo hacer por ti? ¿Qué puedo hacer por el mundo?

Álvaro Lobo, SJ

Ciao. 


martes, 3 de noviembre de 2026

Palabra De Vida Noviembre 2026


 «¡Ánimo!: Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33)

Admitámoslo: En el panorama histórico en que vivimos y del que recibimos noticias cada día más alarmantes, esta Palabra nos parece casi desentonada. En efecto, todo nos lleva a desanimarnos, atrapados entre la inseguridad de situaciones que nos superan y expectativas de rendimiento que nos condicionan.

El Evangelio de Juan nos habla precisamente en un marco similar, con los apóstoles en torno a Jesús durante la última cena. En esta escena se suceden dramáticamente la fraternidad y la traición, la entrega personal y la oscuridad del mal. Jesús hace un último discurso para prepararlos a la prueba de la pasión, pero les asegura que volverá. Él mismo los pone en guardia: en el mundo podrán verse devastados por tormentas y desilusiones, pero en Él siempre encontrarán paz y vida plena.

Sus palabras son una promesa que da esperanza:

«¡Ánimo!: Yo he vencido al mundo».

Si las circunstancias externas y nuestras debilidades nos provocan miedo y sufrimiento, Jesús nos invita a confiarnos a Él, a reconocer también hoy los signos de su presencia en nuestra vida, para tener una mirada nueva sobre la realidad.

Escribe Chiara Lubich: «Si hay una realidad misteriosa en nuestra vida es el dolor. […] Y en muchos casos, quienes tenemos al lado y nos quieren son incapaces de ayudarnos a resolverlo; sin embargo, basta con que alguien lo comparta con nosotros, incluso en silencio.

Así lo hizo Jesús: Se acercó a cada hombre y a cada mujer, hasta compartir todo lo nuestro. Más aún: Cargó con todos nuestros dolores y se hizo dolor con nosotros, hasta gritar: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). […] Cada dolor físico, moral o espiritual me recuerda a Él, es una presencia suya, un rostro suyo. Puedo decir: “En este dolor te amo a ti, Jesús abandonado. Eres tú quien viene a visitarme y hace suyo mi dolor. ¡Y por eso te quiero, te abrazo!”. Si además estamos atentos a amar, a responder a su gracia, a querer lo que Dios quiere de nosotros en el momento siguiente, a vivir nuestra vida por Él, experimentamos que, en la mayoría de los casos, el dolor desaparece. Y es así porque amar atrae los dones del Espíritu: Alegría, luz, paz».

«¡Ánimo!: Yo he vencido al mundo».

Incluso en los momentos de oscuridad, dejemos que sea Él mismo en nosotros quien venza al mal con el bien, quien supere la tentación de cerrar el corazón, quien se haga prójimo de los hermanos y les sirva con amor, tanto en las pequeñas acciones cotidianas como en el compromiso social a favor del bien común.

También el amor recíproco en la comunidad da testimonio de la cercanía del Señor y nos alienta. Es la experiencia del joven Javier, de la República Dominicana:

«Estaba visitando a mi primo y decidí trepar a un muro del patio, pero se me vino abajo y me aplastó la pierna derecha. En el hospital, les dije a mis padres que no podía soportar el dolor. Mi padre me dijo con delicadeza: «Es como compartir el sufrimiento de Jesús: Intenta abrazarlo». Cuando me desperté, me di cuenta de que mi pierna ya no estaba. Al principio lloré mucho, pero poco a poco sentí una calma interior y confié en que Dios tendría un plan para mí.

Grazie all’amore e al sostegno dei giovani della nostra comunità e di altre persone in tutto il mondo, ora ho una protesi provvisoria e tra qualche mese ne riceverò una permanente. La vita a casa è gradualmente tornata alla normalità. Aiuto nelle faccende domestiche, sto vicino alla mia famiglia e sono riuscito persino a finire la scuola con ottimi voti. Tutti – la mia famiglia, i miei amici e il personale dell’ospedale – sono stati colpiti dalla calma e dall’atteggiamento positivo che ho cercato di mantenere».

(Gracias al cariño y el apoyo de los jóvenes de nuestra comunidad y de otros alrededor del mundo, ahora tengo una prótesis temporal y recibiré la definitiva en unos meses. La vida en casa ha vuelto poco a poco a la normalidad. Ayudo con las tareas domésticas, paso tiempo con mi familia e incluso logré terminar la escuela con excelentes calificaciones. Todos —mi familia, mis amigos y el personal del hospital— se han impresionado por la calma y la actitud positiva que he intentado mantener.)

Letizia Magri y el equipo de la Palabra de Vida

Ciao.

lunes, 2 de noviembre de 2026

Día de los Fieles Difuntos

El Día de los Fieles Difuntos, celebrado el 2 de noviembre, es una invitación a mirar más allá del dolor de la ausencia. Nos enseña a valorar la vida presente con sabiduría, recordando con amor a quienes ya partieron y manteniendo viva la esperanza de un reencuentro en la eternidad.

El valor del recuerdo:

Memoria viva: Los seres queridos que se fueron siguen presentes en lo que nos enseñaron y en el amor que nos dejaron.

Gratitud: Este día nos ayuda a dar gracias por el tiempo compartido con ellos en la tierra.

Paz interior: Recordar con afecto sana la tristeza y convierte la ausencia en un lazo eterno.

Una pausa para la vida:

Aprender a priorizar: Pensar en la muerte nos ayuda a quitar importancia a las cosas pequeñas y valorar lo esencial.

Vivir el hoy: Cada día es un regalo para amar, perdonar y cuidar a los que están con nosotros.

Esperanza firme: La partida no es el final del camino, sino el paso hacia una vida sin limites.

Ciao.

 

domingo, 1 de noviembre de 2026

Todos los Santos


 El Día de Todos los Santos  (1 de noviembre) es una invitación a mirar más allá de la rutina y reconocer la santidad cotidiana. No se trata solo de recordar a las grandes figuras de los altares, sino de celebrar a los "santos de la puerta de al lado": Personas comunes que con bondad, paciencia y amor silencioso hacen del mundo un lugar mejor.

El verdadero significado de la santidad:

Cercanía: Ser santo no es ser una estatua perfecta o no cometer errores, sino levantarse cada día con la disposición de hacer el bien.

Anonimato: La mayoría de los santos de la historia de la humanidad nunca salieron en los periódicos; fueron madres, padres, amigos y trabajadores honestos.

Felicidad auténtica: Las Bienaventuranzas nos enseñan que la alegría profunda nace de la sencillez, la paz, la justicia y la empatía con el que sufre.

Un puente hacia la memoria y la esperanza:

Comunión: Esta fecha nos recuerda que la vida no se acaba con la muerte; los seres queridos que ya partieron siguen vivos en el amor y en la memoria de Dios.

Inspiración: Ver la vida de quienes nos precedieron nos anima a vivir con propósito, dejando una huella de generosidad en nuestro propio

Ciao.


sábado, 31 de octubre de 2026

Halloween o la esperanza cristiana


 Halloween o la esperanza cristiana: No celebramos el terror, celebramos la vida.

Hay una contradicción que merece una reflexión: Nos cuesta llevar a un niño al tanatorio a despedir al abuelo porque puede pasar miedo, pero no nos importa disfrazarlo de monstruo o de bruja para celebrar Halloween. Nos cuesta enseñarle a afrontar la muerte, pero no convertirla en un juego.

Los cristianos no tenemos miedo a la muerte, aunque nos duela. No necesitamos disfrazarla ni convertirla en espectáculo. La miramos de frente, con lágrimas, memoria y esperanza, porque creemos que la última palabra no la tiene la muerte, sino Dios.

Por eso celebramos Todos los Santos y Todos los Difuntos: Para recordar desde la conciencia, amar desde el corazón y rezar desde el alma por quienes nos precedieron. Celebramos la santidad y la vida eterna; agradecemos las vidas que nos dejaron huella y mantenemos viva la esperanza de la Resurrección.

No se trata de combatir a nadie ni de imponer costumbres, sino de defender nuestra identidad cristiana sin complejos. Que algo lo haga mucha gente no significa que esté bien; y que celebremos la santidad menos de lo que merece no significa que esté mal. Somos muchos los que el 1 de noviembre acudimos a la Eucaristía y los que el 2 visitamos los cementerios, llevamos flores y rezamos por nuestros difuntos.

Nuestros hijos necesitan algo más que monstruos y disfraces: Necesitan raíces, memoria y esperanza. Necesitan aprender que despedirse duele, pero recordar es hermoso; que el abuelo no es un fantasma, sino alguien que nos quiso y merece ser recordado con ternura.

Y, francamente, ya estamos bastante hartos de trucos y tratos en la vida cotidiana: de engaños, apariencias y promesas incumplidas. No necesitamos más trucos cuando necesitamos verdad, ni más sustos cuando tantas personas viven ya con miedo.

El cristiano celebra lo que tiene que celebrar. No damos culto a las calabazas ni convertimos la muerte en espectáculo. Celebramos la santidad, rezamos por nuestros difuntos y proclamamos nuestra esperanza en Cristo resucitado.

Que el ruido de Halloween no silencie la belleza de Todos los Santos ni el recogimiento de Todos los Difuntos. Encendamos una vela, llevemos flores, participemos en la Eucaristía y hablemos de nuestros seres queridos a nuestros hijos.

Porque lo que permanece no es el disfraz de una noche, sino el amor sembrado durante toda una vida. Y nuestra esperanza no es una calabaza iluminada en la oscuridad, sino Cristo resucitado, luz que ninguna muerte puede apagar.

¡MIRADA AL CIELO! ¡SIEMPRE!

Javier Leoz Ventura

Ciao.

viernes, 30 de octubre de 2026

La falsa humildad del católico: Un cáncer oculto que va debilitando la fe


 Una preciosa reflexión que nos invita a pensar.

Existe una tentación silenciosa que puede aparecer incluso en quienes practican con fidelidad la vida cristiana: Instalarse en una aparente seguridad espiritual. Cuando creemos que ya "todo lo estamos haciendo bien", corremos el riesgo de dejar de examinarnos y abrir la puerta a uno de los pecados más difíciles de reconocer: La soberbia disfrazada de humildad.

La falsa humildad puede manifestarse cuando buscamos, aunque sea de manera inconsciente, el reconocimiento de los demás. Aceptamos los elogios para luego rechazarlos exteriormente, esperando que insistan o nos admiren aún más. No es humildad; es una forma sutil de alimentar el ego.

La verdadera humildad no consiste en negar los dones que Dios nos ha concedido, sino en reconocer que todo lo bueno proviene de Él. Como enseña San Pablo: "¿Qué tienes que no hayas recibido?" (1 Corintios 4,7).

Quien es verdaderamente humilde no necesita aparentarlo. Sirve en silencio, acepta las correcciones, agradece los elogios sin vanagloriarse y sabe que cualquier virtud puede perderse si deja de permanecer unido a Cristo.

Hermanos, nunca pensemos que ya hemos vencido definitivamente nuestras pasiones. La vida cristiana es un combate constante. Permanezcamos en la oración, frecuentemos los sacramentos y pidamos al Señor un corazón sencillo, capaz de reconocer sus dones sin apropiarse de ellos y de darle siempre toda la gloria. 

Paco Membrilla

Ciao.

jueves, 29 de octubre de 2026

Decir mucho sin hacer ruido

Hay gestos que dicen mucho sin hacer ruido.

Y aun así, se quedan en la gente.

A veces uno no nota el efecto que tiene en otros. Un consejo a tiempo, una ayuda pequeña, una manera de tratar a alguien con respeto. Eso también cuenta.

No hace falta hacer grandes discursos para marcar una diferencia. Muchas veces basta con vivir con cuidado, con verdad y con un poco de luz en lo cotidiano.

Lo bueno se nota. Se siente. Y suele viajar más lejos de lo que uno imagina.

Ciao.