Vivimos en un mundo que corre. Todo tiene que ser inmediato: Los mensajes, las compras, las respuestas… Incluso queremos resultados instantáneos. Nos cuesta esperar.
Este domingo muchos estaremos pendientes del partido de España contra Argentina. ¡Ojalá ganemos! Pero, pase lo que pase, el deporte también nos recuerda una gran lección: Un Mundial no se gana en el primer minuto. Hay que correr, sufrir, levantarse después de una caída, confiar en el compañero y no dejar de luchar hasta el pitido final.
Y eso mismo sucede con la vida.
Hay personas que, a la primera dificultad, dicen: "No puedo". O "no valgo". O "ya no tengo fuerzas". O "no merece la pena seguir". Pero la vida no se decide en una sola jugada. Es un partido largo. Hay días en los que vamos ganando y otros en los que parece que todo se pone cuesta arriba. Lo importante no es no caer nunca; lo importante es levantarse una vez más.
También a las personas hay que darles tiempo. Nadie cambia de un día para otro. Nadie madura en una tarde. Un árbol necesita años para dar buena sombra. Una amistad necesita tiempo para hacerse fuerte. Un matrimonio, una vocación, una familia… Todo lo verdaderamente importante crece despacio.
El Evangelio de este domingo nos invita precisamente a eso: A confiar, a sembrar y a esperar. Dios nunca tiene prisa, porque sabe que las cosas grandes necesitan paciencia. Como Gaudí respondió a los que le decían que él no iba a ver la Sagrada Familia finalizada: "Dios no tiene prisa".
Este verano puede ser una buena oportunidad para bajar el ritmo, respirar, escuchar más y exigir menos. Quizá descubramos que la felicidad no está en correr más, sino en caminar mejor. Y también y ahora hablo por muchos de vosotros y por mí…Unos días de descanso.
Adelante, sin prisa, pero sin pausa.
Javier Leoz Ventura
Ciao.



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