viernes, 23 de enero de 2015

Los tres lingotes de metal


En cierta ocasión un rey, que tenía grandes poderes mágicos, poseía un lingote de hierro, otro de acero y otro más de oro.
Acercándose una mañana a cada uno de ellos, queriendo comprobar la nobleza de los tres metales, les dijo:
-Por vuestra nobleza os voy a recompensar con creces.
- ¡Pedid algo que deseis y os lo concederé!
El primero de ellos (el hierro) con severidad le sugirió:
- Conviérteme en mil lingotes de hierro para que, así, pueda servir más tu reino y yo pueda ser más fuerte que nadie. Así lo hizo el rey y el hierro se multiplicó por mil.
Llegándose hasta el acero, le respondió:
- Yo quisiera que me dieras la gracia de ser más poderoso que el hierro: Quiero multiplicarme por 10.000 lingotes para, de esa manera, ser más fuerte que el hierro.
Así lo hizo el rey.
Pero, llegado hasta el lingote de oro, éste le contestó:
- Mi rey y señor, soy feliz con lo que tengo y con lo que brilo. Servirte a ti es lo más grande. Conviérteme en un pequeño diamante para que, donde tú quieras, pueda acompañarte.

El rey, sobrecogido por la sinceridad del oro, dirigiéndose al hierro le dijo:
- Desde ahora con tu metal serás herraduras de todos mis caballos y te arrastrarás hasta desgastarte día y noche.
A ti (acercándose al acero) serás fundido en miles de espadas que, manchadas con sangre, no te harán más poderoso sino sentirte triste por tanta muerte en el mundo.
Y tú, lingote de oro, que pudiendo ser infinitamente más rico, prefieres estar junto a mí, te convertirás en una pequeña piedra preciosa que todo el mundo admirará en el centro de mi corona real.
Nunca, el hierro y el acero, lloraron tanto por estar uno en el suelo y, el otro, testigo de la sangre del mundo. Nunca hubo tanta felicidad en el oro que, podría haber sido tesoro, y prefirió quedarse cerca de su rey.
Así nos puede ocurrir a muchos de nosotros: Nos multiplicamos pensando que así seremos más felices y, a veces, olvidamos que DIOS lo que quiere y desea es que seamos ORO MOLIDO.
¿Qué quieres ser? ¿Hierro o acero? ¿Cómo es tu corazón y tu alma? ¿Hierro indómito y acero frío?
Porque queremos estar junto a la corona que no se marchita, la del Gran Rey que es Dios, intentemos ser esas pequeñas piedras preciosas que se cultivan con amor, perdón, alegría, fe, eucaristía, contemplación, evangelio y mirando hacia el cielo. ¡ORO MOLIDO!

Javier Leoz.

Ciao.

2 comentarios:

Antonio Aparicio Covaleda dijo...

Muy bonito Lourdes, me ha gustado mucho lo que has publicado hoy.
Como verás no me he dormido para hacerte el comentario.
Besos
Antonio Aparicio

Lourdes Garcia Ruiz de Ojeda dijo...

Muchas gracias cuñao. Me alegro de que te haya gustado y siempre se agradecen los comentarios para poder seguir adelante. Un beso para Rosa y para ti.