Paradójicamente las fiestas marianas traen a nuestra memoria las imágenes más grandiosas y ostentosas para celebrar “la esclava del Señor”. ¿Deberíamos sorprendernos? ¡No!
La grandeza de la Virgen María nos remite siempre a Dios, un Dios siempre mayor que nuestros límites y pequeñeces, un Dios capaz de hacer irrupción en nuestras historias y transformarlas para hacernos parte de su sueño de salvación para la humanidad.
En nuestro mundo hay tantos que viven con la mirada dirigida hacia abajo agobiados por la tristeza, abrumados por la enfermedad, apenados por la soledad, oprimidos por la violencia o la exclusión… Contemplar la Virgen María y celebrar su fiesta nos invita a elevar nuestra mirada hacía el cielo para sentir interiormente que Dios nos mira tiernamente, nos invita a colaborar con Él y que, a pesar de todas nuestras dificultades y miserias, Él hace grande obras por cada uno de nosotros.
Hoy, de la mano de María somos invitados a proclamar con gozo:
Proclama mi alma
la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios,
mi salvador;
porque ha mirado la humillación
de su esclava.
Desde ahora me felicitarán
todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho
obras grandes por mí:
Su Nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Espiritualidad Ignaciana
Ciao.

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