Sáname, Señor, de esta oscuridad que es andar a ciegas.
De esta tristeza que es vivir a medias.
De esta sequedad que es bailar sin música.
De esta soledad donde no hay prójimo.
Sáname, Señor, de esta fe acostumbrada, del amor domesticado, de esta esperanza que ya no sueña en un mañana más pleno, de esta dureza del corazón de piedra y esta suavidad de las palabras cómodas.
Sáname, Señor, de las constantes excusas que me paralizan, de la incapacidad de renunciar que me impide elegir, de la seguridad convertida en prisión.
Sáname. Abre mis manos, mi entraña, mis ojos. Que vea.
José María Rodríguez Olaizola, SJ
Ciao.

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