La Cuaresma es tiempo para tener sed del Dios viviente. Dios nos ofrece agua restauradora y vivificante en el Costado abierto del Salvador. Y en la Pascua quedaremos saciados sin necesidad de ir a otras fuentes del mundo.
El domingo pasado Jesús nos invitaba a subir al Tabor. Hoy nos ofrece su agua viva, que es Él. Pero tenemos que pedírsela, como hizo el pueblo de Israel con Moisés (primera lectura) y la samaritana (evangelio). Y pedirla con fe y esperanza (segunda lectura). Su agua, que brotará del Costado abierto en la Pascua, sacia nuestros anhelos de felicidad completa (evangelio).
El Evangelio nos habla del encuentro de Jesús con la samaritana. Junto al pozo que Jacob cedió a su hijo José, el Señor aprovecha la ocasión para darse a conocer como el verdadero Mesías, que Dios envía para la salvación del mundo. La mujer samaritana afirma: Cuando el Mesías, el llamado Cristo, va a venir. Cuando el venga nos anunciará todas las cosas. Jesús le respondió: Yo soy, el que habla contigo. La transformación que la gracia espera en esa mujer es maravillosa. La mujer no sólo cree en Jesucristo, sino que evangeliza al pueblo.
El pensamiento de la samaritana se centra ahora solamente en Jesús y, olvidándose del motivo que la había llevado al pozo, deja su cántaro y se dirige al pueblo, deseando comunicar su descubrimiento. Toda conversión auténtica se proyecta necesariamente hacia los demás, en un deseo de hacerles partícipes de la alegría de haberse encontrado con Jesús. Todo cristiano debe practicar la fe de Jesús y anunciar su Evangelio.
¿Dónde encuentro a Jesús hoy como agua viva? ¿Tengo el balde preparado ya para recibir esa agua vivificante, santificadora y sanadora? ¿Dónde suelo ir a saciar mi sed: a los pozos contaminados de este mundo o a la fuente de Cristo que la Iglesia conserva intacta y viva en los sacramentos y en la piedad popular?
Ciao.

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