jueves, 22 de enero de 2026

Adamuz


 Cuando ocurre una desgracia así, el mundo se encoge de golpe.

Las cifras —43 muertos— parecen números, pero pesan como nombres propios. Cada uno era una historia en marcha que se detuvo de forma brutal.

¿Sentimientos?

Primero el golpe seco de la incredulidad. Luego la tristeza espesa, que no distingue ideologías ni edades. Duele que haya periodistas que iban a contar la vida, niños que apenas la estrenaban, una abuela desgranando el rosario, una hija esperando a los padres que nunca verá, una niña que pierde a todos los suyos,  médicos que cuidaban la vida, futbolistas, consagrados, enamorados, jubilados,  jóvenes con planes a medio hacer, abuelos que ya habían aprendido a resistir. Duele todo a la vez.

Solidaridad.

Aparece como un reflejo humano: Velas, silencios, manos que se buscan. No repara la pérdida, pero dice algo esencial: No están solos. Nos reconocemos frágiles y, por eso mismo, juntos.

Responsabilidad.

Llega después, y debe llegar. Sin ruido, sin prisas, sin convertir el dolor en arma. Preguntarse qué falló no es venganza: Es respeto a quienes no volverán. La memoria también es prevención. Y si se pudo haber evitado será algo que deba gravitar en la conciencia de alguno o algunos.

¿Y ahora qué?

Ahora el duelo. El derecho a llorar sin explicaciones. Ahora el cuidado de los vivos.

Y más adelante —con cabeza fría y corazón despierto— la verdad, la justicia y el compromiso de que viajar, trabajar, vivir…No vuelva a ser una ruleta rusa.

Porque una tragedia no se cierra cuando pasa el titular. Se cierra, si acaso, cuando aprendemos algo digno de quienes murieron.

Termino en medio de la noche, del caos, del hierro y la sangre, apareció lo mejor del ser humano.

El pueblo de Adamuz, a pie de vía, sin preguntar nombres ni procedencias, se lanzó a ayudar. Manos temblando, linternas improvisadas, mantas, agua, palabras dichas casi en susurro. No hubo cámaras ni discursos que hieren y ofenden: Solo humanidad cruda, valiente, hermosa. Ahí, donde todo parecía roto, se sostuvo la vida como se pudo.

OREMOS:

Señor de la vida, acoge a quienes murieron en esta noche injusta, consuela a sus familias cuando el silencio sea más duro que las palabras, da descanso a los cuerpos heridos y paz a las almas rotas. 

Bendice a quienes corrieron hacia el dolor sin pensarlo, a los vecinos, sanitarios, voluntarios, a ese pueblo que mostró que la grandeza cabe en gestos pequeños.

Que la memoria de los que se fueron nos haga más responsables, más atentos, más humanos. Y que nunca nos acostumbremos al dolor ajeno.

Amén.

Javier Leoz Ventura

Ciao.

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