La Cuaresma no va de dejar cosas. Va de soltar el control.
Muchos empiezan preguntando: ¿Qué voy a dejar? Chocolate. Redes sociales. Alcohol.
Pero la pregunta más profunda es otra: ¿Qué estoy usando para sentir que tengo el control?
Hacemos scroll para no aburrirnos. Comemos para calmar el estrés. Trabajamos más para asegurar resultados. Intentamos arreglar a los demás para reducir la incertidumbre.
Incluso la vida espiritual puede volverse una estrategia: “Rezo más para que todo salga bien.” “Me sacrifico para que Dios responda.”
Pero la Cuaresma es exponerte.
Cuando ayunas, algo aparece: Inquietud, irritación, vacío, ansiedad. Y eso no es fracaso. Te muestra qué estabas anestesiando.
La conversión personal empieza cuando dejas de huir de lo que sientes y empiezas a confiar. Porque el control parece fortaleza, pero muchas veces es miedo disfrazado. Miedo a que, si no sostienes todo, todo se caiga. Miedo a no ser suficiente. Miedo a no importar.
La Cuaresma afloja tus manos. No para humillarte. Para liberarte.
El ayuno más profundo quizá no sea de azúcar. Quizá sea de: Tener siempre la última palabra, necesitar quedar bien, revisar el móvil a todas horas, querer arreglarlo todo.
Tal vez la invitación sea sencilla y radical: Deja que Dios sea Dios. Y permite que Él te sostenga.
Espiritualidad Ignaciana
Ciao.

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