¿Saben qué es resucitar? Resucitar es subvertir el orden de muerte que el poder ha impuesto. Es Dios diciendo "sí" a los descartados del mundo. No se trata de evadir el sufrimiento, sino de redimirlo. La Resurrección es esa certeza honda de que los proyectos de amor, de justicia, de solidaridad… No mueren, aunque los crucifiquen. Por eso, cada vez que un pueblo oprimido se organiza, resiste y sueña, ¡Cristo resucita otra vez en su historia!
Y es que resucitar, desde la mirada de los pobres de la tierra, no es solo algo que esperamos para un día lejano, ni una promesa reservada para cada quien por su cuenta. Es el comienzo real de un nuevo mundo. Un mundo donde los crucificados de la historia son vindicados. Porque la Resurrección es eso: La proclamación de que Dios no avala la opresión. Dios se pone del lado de quienes luchan, de quienes no se resignan, de quienes construyen vida digna, comunidad y esperanza, aun en medio del despojo.
Resucitar no es magia. Tampoco es un consuelo barato para quien sufre. Es el acto definitivo de Dios a favor de los pobres. Es justicia para los cuerpos rotos, para las madres que lloran a sus hijos, para los pueblos silenciados.
Es rechazar la resignación y apostar por la vida. Por la vida en comunidad, en lucha, en esperanza. Es creer que el amor tiene la última palabra… Y vivir como si eso ya fuera verdad hoy.
Porque resucitar es creer, con todo el corazón, que el amor encarnado no muere jamás. Es saber que los gritos de los sufridos no se pierden en el vacío. Dios los escucha. Y actúa. Desde su costado abierto.
La Resurrección es una señal. La señal de que el Reino se construye aquí y ahora, en la historia concreta, con manos solidarias, con corazones despiertos. Cada gesto que libera, cada pan que se comparte, cada injusticia que se denuncia… Es una piedra que se corre del sepulcro.
Y no olvidemos esto: Resucitar es saberse acompañado por un Dios que no se quedó allá en el cielo mientras crucificaban a su Hijo. No. Bajó. Se metió hasta el fondo del dolor de los últimos. Y desde ahí transforma las heridas: no las borra, las convierte en signos de esperanza. Porque la historia no termina en la cruz. Termina en el abrazo que levanta a los caídos a los "nadie". Por eso, cada vez que alguien se niega a callar frente a la injusticia, la Pascua se hace presente, y Cristo resucita en medio del pueblo.
Resucitar es eso: Un acto de rebeldía divina frente al sistema que crucifica. Es Dios del lado de las víctimas, no de los imperios. Y en la lógica del Reino, la Resurrección es un llamado a levantarnos juntos, a construir comunidades donde nadie quede atrás. Cuando el pueblo se organiza, cuando se reparte el pan, cuando se sueña en común… entonces, la piedra del sepulcro empieza a rodar.
Hna Adry Osc
Ciao.

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