En medio de un bosque silencioso vivía un viejo árbol que había dado sombra, frutas y nidos durante muchos años.
Pero un día, cansado de tanto esfuerzo, el árbol pensó:
—¿De qué sirve dar tanto si nadie lo agradece? Las aves se van, los hombres cortan mis ramas y el sol me quema… Ya no quiero seguir.
Decidió entonces dejar de dar frutos y cerró su copa al sol. Las hojas comenzaron a secarse, las raíces a dormirse y poco a poco, su tronco perdió fuerza.
Pasaron los días, y el bosque entero empezó a cambiar. Las aves no encontraron dónde descansar, los ciervos ya no tenían sombra, y hasta el río se secó un poco, pues sus raíces ayudaban a mantener el agua cerca.
Una tarde, una semilla joven cayó cerca del árbol y le habló:
—Abuelo, ¿Por qué te dejas morir? Yo quería aprender de ti.
El árbol, con voz débil, respondió:
—Estoy cansado de dar y que nadie lo note.
La semilla sonrió y dijo:
—Pero gracias a ti, el bosque existe. No todos los que reciben te lo dicen, pero todos viven por lo que diste.
El árbol guardó silencio largo rato.
Entonces, con un último esfuerzo, abrió sus ramas al sol una vez más.
Las hojas brotaron, el viento cantó, y el río volvió a correr.
Y aunque sabía que su tiempo se acercaba, murió sabiendo que había sido raíz de vida.
Moraleja:
A veces no ves los frutos de tu bondad, pero eso no significa que no existan. Lo que haces con amor deja huellas invisibles que sostienen el mundo.
Ciao.

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