Al final del camino, descubrimos que la vida no se mide por lo que nuestras manos retuvieron, sino por lo que nuestra alma fue capaz de soltar.
Al final, lo que verdaderamente importa carece de peso y de volumen; no tiene color, aroma, ni sabor, pues pertenece a la sustancia de lo invisible, aunque se disfrace de mil formas para salir a nuestro encuentro.
Al final, lo que importa es la tranquilidad de vivir en paz con uno mismo, en ese sosiego que se siente igual en el silencio del Ser que en la inmensidad de una montaña.
Al final, lo que importa es el hilo invisible del amor, ese que se hace carne en el calor de un abrazo, o en el aroma de un café compartido, donde la palabra se vuelve medicina.
Al final, lo que verdaderamente importa, es esa mirada que nace en la raíz del corazón y se derrama, bendiciendo los amores del corazón.
Al final, lo que cuenta es la mirada cómplice del ser amado, las palabras dulces, las caricias que sincronizan los corazones que se han sanado ante el altar del perdón.
Al final, hacemos de la gratitud una oración, por las enseñanzas recibidas, por los aprendizajes incorporados, y por todos aquellos que se hicieron presentes en nuestro camino, o eligieron recorrerlo juntos para apoyarnos, y acompañarnos.
Al final, la vida reside en la alegría espontanea, en la risa que nos devuelve a la infancia, en la llamada inesperada que acorta distancias, recordándonos que hay vínculos que el tiempo ni la distancia pueden romper.
Al final, lo que importa es el gesto bondadoso que nos hace parte de un todo, hilos de un mismo tejido donde nada nos es ajeno, al reconocer que el amor es la fuerza gravitacional que todo lo une y todo lo habita.
Al final, aceptamos que lo esencial es intangible; pero sin el roce de la piel, sin el aroma de la tierra o el sabor de la vida, no sabríamos reconocer el mapa hacia la paz. No descubriríamos el gozo de existir.
Al final, comprendemos que sin el perdón que nos libera del pasado, no habríamos disfrutado de la paz. Ni podríamos elevarnos al umbral del paraíso perdido.
Al final, habita el mundo y sus formas, pero no permitas que el mundo y sus formas te posean.
Al final, el tiempo reclamará sus pertenencias y te marcharás ligero. Solo cruzarás el umbral con la bondad que cultivaste en tu mente y los sentimientos de luz que te atreviste a habitar.
Al final del viaje, la existencia se simplifica en una única y sagrada decisión: Haber elegido el amor o haberle dado la espalda. Y si has elegido el amor, despertarás sabiendo que tu paso por la tierra no fue un accidente, sabrás que realmente has vivido, y que la travesía, con todas sus luces y sombras, valió la pena.
Y como el poeta podrás decir: “Confieso que he vivido”
Oscar Gómez
Ciao.

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