Hoy pasamos mucho tiempo viendo reels, TikToks, shorts, carruseles etc. Donde una imagen sigue a la otra, una historia reemplaza a la anterior, y solo nos detenemos cuando algo logra captar nuestra atención de una manera especialmente ingeniosa. Sin darnos cuenta, esta dinámica se va trasladando a nuestra vida: Queremos pasar rápido por lo cotidiano, por lo que nos aburre, por lo que nos incomoda, por aquello que no parece “interesante”.
Pero cuando solo vemos sin mirar, la vida se nos llena de superficialidad. Vamos acumulando anécdotas, datos, estímulos, pero todo eso vacío de experiencia, muchas cosas pasan por delante nuestro, pero no siempre nos dan vida. La espiritualidad ignaciana propone un modo distinto: Detenerse, contemplar, entrar en la escena, mirar a una persona, Jesús, escucharlo, dejarse afectar por Él. En la contemplación no se trata de consumir algo religioso, sino de ganar amistad con Dios. Esto también pide tiempo, pero tiempo que nos devuelve vida y nos abre a vivirla de manera más real.
En la vida de un jesuita, este modo de mirar acompaña la misión. Un jesuita que contempla a Cristo en el Evangelio después aprende a buscarlo en una escuela, en una comunidad, en una conversación espiritual, en un hospital, en el dolor de los pobres y en las preguntas y búsquedas de los jóvenes. La contemplación no lo encierra en sí mismo: Lo vuelve más disponible para servir allí donde la vida reclama presencia.
Quizás la pregunta no sea solamente cuánto miramos cada día, sino hacia dónde dirigimos nuestra mirada y qué acumula nuestro corazón. ¿Y si Jesús te estuviera invitando a detenerte, a mirarlo más de cerca, y a descubrir con Él una forma nueva de entregar tu vida?
Ciao.

No hay comentarios:
Publicar un comentario