lunes, 7 de diciembre de 2009

Bienaventurados los mansos


“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”. Mateo 5.5

No está de más decir que Jesús habló como nunca nadie habló, en la historia de nuestro mundo. Sus palabras tenían un significado espiritual sin ser entendido la mayoría de las veces por los hombres de su generación, y yo creo que ni tampoco por las generaciones posteriores .
Sus propios discípulos alteraron muchas veces el mensaje de sus enseñanzas y fue necesario que el propio Maestro les mostrara el verdadero sentido de sus palabras.

Estamos frente a una de sus frases más grandes y bellas.
Jesús dijo en el Sermón de la Montaña:

“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”.


La mansedumbre es una de las virtudes más difíciles de encontrar en nuestros días. Todos nosotros estamos demasiado exasperados y estresados por el vértigo de la vida moderna y la irritabilidad es un mal creciente, que nos ofusca y nos proyecta al plano social, y nos predispone a la intolerancia y agresividad.

Además, la lucha por la vida se ha transformado en un conflicto de ambiciones, donde triunfa el que tiene mayor sentido de la oportunidad o el que tiene más afiladas sus garras.
En el orden mundial, los pueblos coquetean y juegan con la guerra produciendo un estado de hipertensión colectiva que hace aumentar la aspereza y nos ponen a la defensiva de algo que es más imaginativo que real.
En el plano espiritual, el hombre está consumido de dudas e incertidumbres e intenta contrarrestar su estado de depresión permanente, adoptando una posición falsamente agresiva y sarcástica, de todo lo trascendente y lo religioso, viviendo con hipocresía una personalidad combatiente, que lucha por destruir el clamor del Espíritu, ahogando con cinismo y desprecio todo lo que es quietud, meditación y profundidad y fe.

Vivimos en lo superficial por temor a encontrarnos con las aguas tranquilas y transparentes de la mansedumbre, y allí descubrir la imagen de nuestras miserias o el espectro de nuestra frustración.

Cristo dijo: “Bienaventurados los mansos”.

La mansedumbre no tiene aquí un significado gramatical solamente. Los términos en que habla Jesús, se adentra en las profundas actitudes del espíritu, descubriendo y proclamando la felicidad de un estado sereno de meditación, al margen de los acaloramientos pasajeros, sumidos en el letargo de una posición contemplativa de las profundidades de la vida, de la experiencia y de Dios.

Dios, no espera del hombre una sumisión aborregada. No somos robots, sino criaturas, creadas a su imagen y semejanza. Pero si queremos vivir una constante y decisiva bienaventuranza, debemos llegar al pie de la cruz para recibir de su muerte y sacrificio la redención de todas nuestras limitaciones, para que, al quitarnos la escoria de la agresividad defensiva de nuestros conflictos y frustraciones, podamos vivir la serena grandeza de una mansedumbre que tiene mucho de victoria, pues es el triunfo de Dios, sobre la inestabilidad de nuestros traumas y zozobras.
Es la emoción de sentir de una forma diferente, la complementación de todos los valores de la vida fundidos y sublimados a Dios.

Ciao.

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